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25 de agosto de 2017

Paradoja de la Librería Lello

El viajero o el turista que, de visita en Oporto, ascienda, pasada la Torre de los Clérigos, la Rua das Carmelitas podrá encontrarse con una larga fila de personas de diferentes naciones, admiradoras o no de Harry Potter, aguardando traspasar el umbral que se abre en la fachada neogótica de la Librería Lello. Antes habrán depositado el óbolo correspondiente, cuatro euros, en las arcas del establecimiento situado en el chaflán de Carmelitas con la Praça de Gomes Teixeira.

Fachada de la Livraria Lello
Interior


















Es cierto que la Librería Lello es un hermoso espacio dentro de la hermosa ciudad portuguesa. Es cierto que, para echar un vistazo al lugar, merecen la pena la espera, el pago y las apreturas causadas por un gentío no siempre bien educado. Pero no es menos cierto que, en términos estrictamente bibliográficos, algo que podría ser, por sus trazas y su historia, un templo de cultura, parece más una especie de enorme y, repitamos, hermosísimo quiosco, donde solo faltan, por ejemplo, revistas del corazón, algunas chucherías para casos de urgencia golosa y las entregas semanales, quincenales o mensuales de colecciones diversas.

Detalle de la escalera
Indagando en los estantes

Quizá sea signo de estos tiempos transformar toda muestra de cultura en mercancía y todo lugar bello o con poso de historia en escenario apropiado para el efímero escaparate de un selfie. Todo ello sirve, qué duda cabe, a la supervivencia de la Livraria Lello y de su no magro negocio. Esto es lícito. Sin embargo, los fondos que se ofrecen en los estantes a la avidez del turista que quiera descontar el pago de la entrada mediante la compra de uno o varios libros son, aparte de su ordenación anárquica, ostensiblemente caros, de manera que hacen dudar al visitante aficionado a la lectura que la Lello sea el lugar elegido por los lectores portuenses para colmar su necesidad de libros.

11 de mayo de 2017

La Revolución Francesa, los liberales y un libro de Francisco Casavella



En Lo que sé de los vampiros, Francisco Casavella introduce a Martín de Viloalle, el protagonista, en el ambiente de la Revolución Francesa. Viloalle conoce a Baptiste Rivette, periodista al servicio del conde de Mirabeau. Una de las páginas memorables de la novela atribuye a Rivette las siguientes palabras:

      He aquí los pasos necesarios de la degradación:
     Al tono de fineza que compromete sucede el tono de fineza que se recata. Y esta cede sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación.

Salgo de mi oscura circunspección para imaginar a Rivette escribiendo lo que antecede en, por ejemplo, la tribuna del palacio de la Carrera de San Jerónimo durante una sesión de control al Gobierno.

Mirabeau osó escribir algo que sería políticamente incorrecto en esta nuestra España borbónica, a saber: “El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado”. Eran otros tiempos. Aunque parece que el conde jugaba a dos o tres bandas, como los que ahora se dicen liberales a ambos lados de los Pirineos, pues sacrifican, soslayan o limitan con bastante facilidad, y hasta regocijo, las libertades si afectan al “laissez faire” y a la propiedad privada, aun cuando esta se haya conseguido a tuerto; pues defienden, generalmente, solo la igualdad de los que consideran sus iguales; pues, en fin, fuera de misa oponen fronteras a la fraternidad.


3 de marzo de 2017

Rivas Cherif y los dinamiteros de la cultura

El paso de Cipriano Rivas Cherif por las cárceles franquistas es ilustrativo tanto de la maquinaria propagandística sobre las condiciones de vida de los presos republicanos desplegada durante los primeros años de la posguerra, como del punto de vista adoptado por el régimen ante la difusión de la cultura en general y el teatro en particular.

La propaganda franquista pretendió, mediante la creación del Patronato Central de Redención de Penas, minimizar el número de presos y la situación de estos en las cárceles con el alarde de proporcionar a los reclusos algún tipo de actividad que los ayudase a expiar sus crímenes, ser útiles a la nación y a sus familias y reducir los años de cautiverio, aunque la actividad, en el caso del trabajo, se realizase en condiciones cercanas a la esclavitud y a mayor gloria de Dios y de, por ejemplo, Dragados y Construcciones. Otra cosa era la difícil reinserción del penado que lograba cruzar la verja.

La elección del nombre “redención” tanto para el Patronato como para el semanario promovido por este organismo no es inocua, pues no oculta el olor a sacristía: el delito político se consideraba, además de enfermedad, pecado. En el semanario Redención, única publicación periódica que, oficialmente, podían leer los presos, con la sana intención de borrar o lavar de los cerebros el virus marxista y otros bacilos ideológicamente dañinos, se cantaban las excelencias y los logros de la labor redentora y se invitaba a colaborar en la publicación a los redimibles.

Entre las actividades de “redención” contaban los cuadros artísticos de las prisiones, destinados también al solaz de los encarcelados. En los cuadros artísticos se ofrecía a los parias sin libertad lo que la derecha supuestamente civilizada había intentado negar al pueblo durante los años de gobierno de la CEDA, cuyos representantes fueron motejados con acierto por Américo Castro de “dinamiteros de la cultura”: cantos y danzas populares y, sobre todo, un acercamiento al teatro del Siglo de Oro.

En este contexto hay que situar la rocambolesca aventura carcelaria de Rivas Cherif. Este completo e innovador hombre de teatro y republicano convencido tuvo la buena o la mala suerte de ser cuñado de Manuel Azaña. Rivas Cherif fue cazado por la Gestapo en Francia y condenado en España a la pena capital. Fallecido Azaña, a Rivas Cherif se le conmutó la pena de muerte por una de treinta años. Pero estas vicisitudes no me interesan tanto ahora como el hecho de que, después de huir de la tentación en varios penales, Rivas Cherif, hombre de teatro al fin, aceptó la dirección del cuadro de El Dueso, gracias a la colaboración de Juan Sánchez Ralo, director del penal, el “poli bueno” (con todos mis respetos), y, sobre todo, el entusiasmo, no por la redención, sino por el teatro, de un número creciente de reclusos.

A Rivas Cherif se le permitió seleccionar actores y, más allá de algún compromiso que no pudo evitar, repertorio. Sin embargo, no se conformó con esto, sino que propuso, y fue aceptada, la creación de un Teatro-Escuela, inspirado en sus andanzas con el Teatro Escuela de Arte, pero con unas limitaciones materiales que lo llevaron a ahondar en su concepción de un “teatro puro”, hermano de los hallazgos o los encuentros del Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas y de La Barraca.

La experiencia del Teatro-Escuela de El Dueso, que han guardado la memoria de los participantes y, en especial, los minuciosos cuadernos de Rivas Cherif, duró lo que el régimen tardó en nombrar a un dinamitero de la cultura como nuevo director del penal y acabó, simbólicamente, con la destrucción de la cúpula Fortuny, única entonces en España, que el Teatro-Escuela construyó en El Dueso con chapas.

Aunque la propaganda del Patronato presumiera, incluso después de desaparecido el Teatro-Escuela, de lo alcanzado en El Dueso, y aunque otros reclusos más politizados, como Buero Vallejo, se opusieran a su desarrollo, si hemos de creer a Rivas Cherif, la experiencia del Teatro-Escuela no fue tanto un ejemplo de claudicación o de colaboración, como de evasión espiritual, de paradójica resistencia. Desde este punto de vista, los cuerpos de los miembros del Teatro-Escuela estaban presos, no su conciencia.



Nota: artículo publicado, originalmente, en el blog Curiosón.


16 de marzo de 2016

Viviendo en Laputa

En Crítica y verdad, Barthes transcribe unas palabras del geógrafo Etienne Baron sobre la pobreza del lenguaje entre los papúes, quienes, asegura, eliminan vocablos cada vez que un miembro de la tribu muere. Es fácil imaginar, entonces, que, en el caso de que el número de habitantes de un poblado se vea reducido de manera drástica por cualquier causa a un par de personas, estas acabarían por nombrar lo que los rodea, lo que piensan y lo que sienten con muy pocas palabras.

Si se considera el vocabulario de uso común en las sociedades llamadas civilizadas, puede pensarse que los vivos se bastan para matar las palabras por permitir que vivan solo unos centenares, mientras miles esperan la resurrección en el limbo de los diccionarios o de los libros, sin que nadie fallezca; o por sustituirlas por otras bastardas. Puede pensarse que se concede muchas veces más valor a los objetos que a las voces, de tal manera que es fácil imaginar que se vive en Laputa, la isla a que arribó Gulliver en su tercer viaje.

No es extraño que Gulliver acabara prefiriendo los Houyhnhnms a cualquier espécimen humano. Los sabios de Laputa, deseosos de ahorrar tiempo a los ciudadanos de Lagado, la capital del reino, propusieron, en primer lugar, usar solo sustantivos, aliviados de parte de su carga de sílabas muchos de ellos; luego, se les ocurrió que era mejor reemplazar las palabras por objetos.

No le faltaba razón, tampoco, a Marcel Appenzzell, el etnógrafo discípulo de Malinowski inventado por Georges Perec, cuando relacionaba el lenguaje de los papúes con el de los orang-kubus y comparaba a estos con un carpintero que, para pedir una herramienta a su aprendiz, utilizase el nombre “trasto”.

12 de julio de 2015

Divagaciones de verano: entre el bienestar y el bienser

Escuchaba el pasado miércoles las sabias palabras de Emilio Lledó en un programa de la SER dedicado a comentar la última encuesta (aunque lo llaman "barómetro") del CIS, según la cual el 84% de los españoles se considera feliz en mayor o menor grado. De manera indirecta, se asociaba la felicidad al bienestar. Sin embargo, el académico sevillano aseguraba que al “bienestar” hay que añadir el “bienser”.

Quizá me equivoque, pero seguramente Lledó piensa que en la idea de felicidad de la mayor parte de los españoles pesa más lo primero, el “bienestar”, que lo segundo, el “bienser”. El problema, entonces, estribaría en cómo se acota, se gradúa o se piensa la idea de bienestar, si va más allá o no, por decirlo con con plabras de Lledó en su Elogio de la infelicidad,  de “poder acallar la voz de la carne, que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo”.

Uno de los factores que ayudan a llegar al “bienser” es la lectura. Resulta, quizá, significativo que el mencionado “barómetro” indique que la mayoría de los españoles declara dedicar parte de su tiempo libre a pasear (71,3 %)  y a ver la televisión (70 %). Según el CIS, un 47,5 % escoge la lectura para ocupar parte de ese tiempo. A un 31,9 % no le gusta leer o no le interesa la lectura. Resulta curioso que la mayoría de los partidarios del paseo prefieran hacerlo acompañados, mientras que muchos de los que ven la tele lo hacen solos, como si el ocio se dividiera en dos esferas irreductibles e impermeables aun en los casos en que dicha división no parezca tener mucho sentido.

Se sigue hablando mucho del “Estado del Bienestar”, bien para intentar apuntalarlo, bien para negar su vigencia o reducirlo al máximo. En uno y otro caso se utiliza, bien manoseada y prostituida como eslogan,  la palabra “cambio”. Escribía Cortázar, del que estoy releyendo La vuelta al día en ochenta mundos: “En materia social se sigue esperando una ‘evolución’ que lo mejore todo pero sin privarnos de la sirvienta y de la casita de campo”. Cabe preguntarse, y no creo que lo haga nunca el CIS, si en una sirvienta, en una casita de campo o conceptos parecidos se cifra el bienestar que quieren o buscan los españoles.

Si la lectura es, generalmente, un ejercicio solitario, la relectura ha de serlo doblemente. Visto el circo en que nos movemos, nos mueven o nos quieren mover, quizá no venga mal reflexionar, de momento en soledad, sobre esta cita de la mencionada obra de Cortázar, que se publicó, quién lo diría, en 1967: “La soledad de tantos (esto lo digo yo) acabará un día con una hipócrita solidaridad social que solo da masas electorales, ejércitos de robots, histerias colectivas de bobby-soxers, demagogia de teen-agers manejados entre bambalinas por gangsters de la prensa y de las diversiones”.

Y en esas estamos. Entre el bienestar y el bienser.


10 de mayo de 2015

Lo que no esté prohibido

El pasado 7 de mayo en parte del territorio Twitter se armó uno de esos revuelos inanes que son, muchas veces, el pan y la sal de las redes sociales, aunque el pan sea de dudosa factura y la sal se eche de menos. El motivo de escándalo, como habrán podido deducir del título de este escrito los avezados lectores que estén al tanto de lo que se cuece en la realidad virtual, es el mensaje que envió a la jaula del pajarito azul Esperanza Aguirre: “En Madrid estará permitido todo lo que no esté prohibido”.

La frase, que parece un homenaje a Perogrullo, es algo más que una necedad o una simpleza: es el epítome mal digerido, no sabemos si pasado por la alquitara del ABC, que parece ser, en estos tiempos, la principal fuente de información de la candidata popular a la alcaldía de Madrid, de una idea fundamental del liberalismo. Esta idea tiene su más conocida expresión en el “laissez faire” de Vicent de Gournay, economista francés del siglo XVIII.

La idea, como se ve, no ha pasado de moda en este siglo en el cual dicen que las ideologías del pasado son un anacronismo. Lo que no ha dejado tampoco de ser actual es, por cierto, la vieja explotación del hombre por el hombre. Pero dejemos a un lado las digresiones.

Esperanza Aguirre no es, ya lo sabemos, Torrijos, pero es de esos liberales dispuestos a legislar lo mínimo para que la economía se mueva libremente, pues se cree todavía que la libertad económica es fuente de bienestar y redunda en justicia distributiva. De esta manera, no le oiremos pronunciarse nunca contra las SICAV ni las preferentes, ni cuestionar que el ciudadano que no tiene puertas giratorias a su alcance reciba de los bancos que especulan con sus ahorros poco más de lo que estos le cobran por comisiones. De esta manera, se entiende que prometa intentar bajar los impuestos y, a la vez, ensanchar las aceras y aumentar los recursos destinados a emergencias sociales, entre las cuales no queda claro que quepan los mendigos organizados en mafias. 

Probablemente, el aumento se haga depender de la rapiña de lo público o la teta de oro del Estado, que ha de intervenir cuando conviene a los intereses de los que dicen saber qué es mejor para todos o cuando conviene al mercado. Pues Esperanza Aguirre es, también, de esa clase de liberales que salivan con conceptos como los de unidad o soberanía nacional y, a la vez, aplauden la reforma del artículo 135 de la Constitución.

24 de julio de 2014

Andanzas de los hijos de Buda. Reforma de la LPI

Se puede entender que un currito sometido a las actuales condiciones del mercado de empleo, por mucho que ame su trabajo, cuente con las sístoles y diástoles de su corazón los minutos que le faltan para empezar a disfrutar de las vacaciones estivales, si es que tiene la suerte de gozarlas. Pero las señorías que forman parte de la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados no entran, me parece, en la misma categoría: son representantes electos al servicio, se supone, del bien común, con una vida mucho más regalada y fácil que la de muchos ciudadanos que los han votado, por lo que su deseo legítimo de descanso no puede estar sujeto al capricho ni a la urgencia. 

No pretendo analizar el fondo de una reforma que ha de pasar todavía por los correspondientes trámites parlamentarios. Soy, como muchos, un ciudadano ignorante de la letra de esa reforma y eso quizá se me pueda reprochar, pero el desconocimiento es absolutamente imperdonable en aquellos que la han de sancionar. Mucho más imperdonable es la premura frívola con la que varios diputados, según nos cuentan los medios, abandonaron la sesión aferrados a sus maletas. Luego hay quienes se rasgan las vestiduras de fariseo cuando un joven profesor perroflauta con barba y coleta los acusa de pertenecer a “la casta”.

Hijos de Buda, cantaría Pi de la Serra.

4 de enero de 2014

Snowden, la hipocresía global y el Gran Hermano

Ahora que se multiplican las instancias a favor de Edward Snowden, en lo que parece una saludable aplicación de la máxima de “no matar al mensajero”, creo que conviene detenerse a reflexionar sobre lo que subyace en el supuesto escándalo.

Lo primero que se me viene a las mientes es que el mensaje de Snowden no es nuevo. La existencia de la red ECHELON es de sobras conocida, como bien sabe el Parlamento Europeo, por lo menos desde el primer estudio encargado por la STOA en 1997, titulado “Evaluación de las tecnologías de control político”. En este se asegura (cito por el resumen que se facilitó al Parlamento Europeo en 1998): “En Europa, todas las comunicaciones por correo electrónico, teléfono y fax se interceptan como cuestión de rutina por la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos”. Como las cosas de palacio van despacio, no es hasta septiembre de 2001 que el Parlamento Europeo decide oficialmente darse por enterado y constatar: “La existencia de un sistema de interceptación mundial de las comunicaciones, resultado de una cooperación entre los Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Precisa que éste se utiliza para interceptar comunicaciones privadas y económicas, y no con fines militares”.

So capa de luchar contra el terrorismo, es más que posible que, gracias al espionaje de la NSA, compañías europeas y no europeas pierdan sustanciosos negocios en favor de los dueños del Tío Sam, como les sucedió, a mediados de los 90, a Thompson-CSF, a Airbus y a la japonesa NEC. Sin embargo, lo más grave de todo esto no es que entre capitalistas se den zarpazos y se arrebaten el botín. En Europa, después de crear el sistema ENFOPOL y de rasgarse hipócritamente las vestiduras, se plantean más comisiones de investigación, incluso se ha invitado a Snowden, para certificar lo evidente: el amigo americano hace lo que le viene en gana, pues siempre ha sido partidario de la Doctrina Monroe y de la del Destino Manifiesto. O, en palabras de Glenn Greenwald a la UE: “El objetivo final de la NSA, junto con su más leal, podría decirse, socio menor subordinado a la agencia británica GCHQ - cuando se trata de la razón por la cual se está construyendo el sistema de la sospecha, de la vigilancia y el objetivo de este sistema - es nada menos que la eliminación de la privacidad de las personas en todo el mundo”.

Sin dudar de la honestidad del mensajero, pese a que el Gran Hermano parece, dicen, dispuesto a cerrarle boca, el Gran Hermano nos ha hecho llegar su mensaje: “Os vigilo”.

Ahora, sean ustedes felices, que acaba de empezar otro viejo año nuevo.

4 de diciembre de 2013

De Teobaldo Nieva a los escraches


Alejandro Sawa recuerda en Iluminaciones en la sombra al anarquista malagueño Teobaldo Nieva. Tras presentar la efímera aventura del periódico Las Escobas, que Nieva dirigía, redactaba, voceaba y repartía, como una prédica crítica del sistema que este toleraba, escribe: “Pero cátate que un día se le ocurre predicar contra los caseros la huelga de inquilinos, indicando los medios de que estos podían servirse para, al amparo de la ley, dejar incumplidos sus contratos, y entonces, por primera vez turbados y conturbados, se dieron cuenta los guardianes del Arca de que el enemigo estaba dentro de la fortaleza. Teobaldo conoció entonces la pesadilla eterna de los éxodos forzados, y la de la sed y la del hambre, que no debían desvanecerse ya nunca jamás en el transcurrir doloroso de su vida”.



Téngase en cuenta que, ya desde los albores de las organizaciones obreras, como en otros ámbitos, se entendió el periódico como uno de los principales medios que permitían estimular y concertar esfuerzos para el desarrollo de las mismas. En este contexto ha de situarse la participación de Nieva en publicaciones que surgen al amparo de la Federación Regional Española de la AIT, como La Federación, La Solidaridad o El Condenado. La cita de Sawa apunta, además, al paso de la teoría a la práctica o, si se prefiere, de las proclamas ideológicas a las propuestas de acción directa. Entre estas, algunas que estaban vinculadas más a las condiciones de vida que a las condiciones laborales, como la huelga de inquilinos.


Ahora, entrados ya en el siglo XXI, contemplamos con cierto estupor reivindicaciones y acciones semejantes, pues no cosa muy distinta significan las paralizaciones de desahucios y los escraches. Sin embargo, hay diferencias palmarias. Asumido, consciente o inconscientemente, el fin de las ideologías –las de la clase trabajadora, se entiende- o, en plan Fukuyama, el fin de la Historia, por parte de los trabajadores, los movimientos ciudadanos, sin referentes que los articulen o conecten con las raíces de los problemas que los provocan, están a merced de los guardianes del Arca de la llamada democracia liberal. Como en otros, para el caso que nos ocupa y ponemos de ejemplo, llámese huelga de inquilinos o lucha antidesahucios, los cancerberos del pensamiento único tienen las llaves del diluvio o de la caja de los truenos. Pregúntenle ustedes, por ejemplo, a Fernández Díaz.

27 de noviembre de 2013

Concertina

Si un musicómano oyese o leyese por vez primera que, en la valla de Melilla, el gobierno español pretende instalar concertinas, aplaudiría la medida. Nada mejor que disuadir al excluido de asomarse al paraíso, aunque este sea artificial o de cartón piedra, con una melodía.

Si el melómano tiene olfato para detectar el olor sulfúreo que van dejando a su paso las pisadas del capitalismo rampante, convendría en que vocablo y acción no esconden, por mucho que lo pretendan, una considerable dosis de sarcasmo ignominioso, pues en la música de vallado tal este se convierte en pentagrama y teclas de muerte, y el fuelle lo pone la piel de quien escala.

Si el diletante, además, es partidario de la justicia poética porque de la otra, la faraónica, no se fía, recordando a Lope de Vega diría al señorito Fernández Díaz: “Quien lo probó lo sabe. Sírvase vuesa merced subir al cercado a disfrutar de la deleitosa e inocua armonía de las cuchillas”.


("Orange and Blue" por Walter Dale. Con licencia CC BY-NC-SA)


24 de noviembre de 2013

Busto de Larra en Bailén. De románticos, liberales y revoluciones

      Los ojos de piedra parecen mirar hacia la bajada de Mayor o, más allá, hacia el Viaducto. Al otro lado queda la mole ciclópea de la catedral, indigna de que un romántico le preste atención, si por romántico entendemos algo más que la ñoñería.
      Larra no estuvo en las barricadas como Espronceda, pero sufrió en sus carnes lo que el poeta almendralejense consideraba característica de la época: “El espíritu mercantil, mezquino en su principio y siempre impulsado por el sórdido estímulo del interés”. Algo parecido escribía Bécquer dos décadas después en el monasterio de Veruela: “Este siglo positivista y burgués solo rinde culto al dios Dinero, y es su romanza preferida el sonido del oro acuñado”. Al poeta sevillano le hubiera causado algo más que estupor saber que el rostro que pintó su hermano figuraría en un billete de cien pesetas, y no precisamente en el dorso.
      Espronceda hubiera participado gustoso en los sucesos de la Vicalvarada, si la difteria no se le hubiese llevado antes. Bécquer tenía diciocho años entonces, cuando llegó a un Madrid convulso. El sevillano, que no tenía mucho de revolucionario, no fue testigo de unos sucesos que llevaron al linchamiento del jefe de policía y obligaron a la familia real a refugiarse en el Palacio de Oriente, pero su relato de los mismos, a los que califica de “última revolución romántica”, deja entrever, si no simpatía, sí un grado considerable de fascinación. 
      Aunque quienes hoy se proclaman liberales poco tienen que ver con los románticos, más de cien años después el espíritu mercantil impera con o sin disfraz. Sus valedores han decretado que no existe alternativa, que la mezquindad es altruismo y la explotación del hombre por el hombre encomiable emprendimiento.
      Si Larra levantara la cabeza, volvería la mirada, como su estatua, hacia el Viaducto.

14 de septiembre de 2013

Verde carne, pelo verde

Saliendo de un sueño de absenta, Baudelaire se tiñó el pelo de verde para epatar a una sociedad que rechazaba y que condenó su obra magna. El artificio contra la naturalidad impostada e impostora del positivismo rampante.

En 1894, a casi treinta años de la muerte de Baudelaire, Marcel Schowb publicó El libro de Monelle. En esta obra, en el cuento “La salvaje”, Schowb imagina una niña del bosque, de color verde toda, que es conducida por otra niña a la civilización. Los papeles se truecan cuando, al ver que la “salvadora” sufre ante la inminente amenaza de ser absorbida o asimilada por el mundo adulto (los padres quieren ponerla a trabajar), la salvaje encamina a su amiga, cito casi literalmente, hacia la libertad.

En The Boy with Green Hair (1948), Joseph Losey imagina un niño huérfano de guerra, admirablemente encarnado por Dean Stockwell, que despierta un buen día con la cabeza cubierta de una espesa mata de pelo verde. Se convierte así en el otro diferente que es rechazado y perseguido por sus paisanos, gente de bien.

A mediados de los 70, jóvenes punks que, a veces, se tenían el pelo de colores llamativos, se enganchaban, entre otras cosas, al lema “No future”. Sin embargo, estas y otras extravagancias apenas escandalizan a las sociedades enganchadas a la idea del progreso continuo hacia el desastre, ni siquiera a las rubias o rubios, teñidos o no, cuya cabellera, afectada por el cloro, los convierte en una réplica bastarda del Peter de Losey o del Joker de Tim Burton al que quizá hayan parodiado en Halloween o en un baile de disfraces.

Lo que, en verdad, escandaliza a las sociedades de rubias o rubios, clorados o no, es el hurto de un carro con material escolar, por ejemplo. La propiedad privada importa más que la vida de un don nadie.

24 de julio de 2013

Ecce homo


En El régimen del pienso, el último montaje de La Zaranda, Martín, el cesante, es paseado en procesión o mostrado en retablo bajo la figura de un ecce homo cuyo rostro recuerda el de El grito de Munch. Martín ha trabajado durante toda su vida en las oficinas de una empresa que se dedica a la crianza de cerdos. La empresa tiene, como se dice ahora, que optimizar recursos ante la inexplicable mortandad que se está dando en sus pocilgas. Nada es la causa. En cualquier caso, los cambios que se producen en la empresa, convertida en un kafkiano laberinto de oficinas lleno de archivos inútiles por el que transita vanamente Martín, quien nunca se opuso a la política de las pocilgas, son decisión inescrutable e indiscutible de “los de arriba”. La política de la nada.

A no ser que la nada consista, como cree descubrir Martín antes de morir, antes de que lo desconecten de la máquina que lo mantiene artificialmente con vida, en vivir como un cerdo del siglo XXI, gruñendo y hozando en la pocilga o en la oficina, aliviado el dolor y mitigada la enfermedad por los avances de la ciencia, con más o menos pienso, ignorante de la diferencia entre lo superfluo y lo necesario.

Este es, quizá, el hombre que Poncio Pilato presenta hoy ante la muchedumbre de sus iguales, culpable o enfermo de todo y de nada: un hombre cerdo o un cerdo hombre destinado a ser un engranaje más, una pieza intercambiable en la pocilga o la oficina de la vida, con menos o más pienso, en medio de números inútiles salvo para quien los entiende.


29 de junio de 2013

El encantamiento de Dulcinea


En el capítulo XIV de Mímesis, Erich Auerbach llamó la atención sobre la importancia del capítulo X de la segunda parte del Quijote. Esta importancia me llevó a elegir un fragmento del capítulo citado como parte de un examen destinado a alumnos de 3º de la ESO. El episodio, tal como lo narró Cervantes, aparte de divertidísimo, aun con su punto de amargura y de acidez (en esto disiento del maestro Auerbach), no ofrece dificultades insalvables para lectores de quince o dieciséis años, sobre todo si se adapta y acompaña con el pertinente glosario. Así hice, infeliz de mí.

Aunque en el sucinto vocabulario que se leía al pie del texto se aclaraba el significado de la palabra “pollino”, y aunque el contexto bastaba para entender a qué se refería el narrador, tuve que asistir, atónito como don Quijote ante la presencia de las tres rústicas labradoras que Sancho Panza convierte en la princesa Dulcinea y dos de sus doncellas, al comentario en voz alta de uno de los alumnos y a la risotada casi general que provocó: “Ah: pensaba que pollino tenía que ver con pollo”. Puedo asegurar que el comentario no pretendía ser un chiste.

Este es, en fin, el enunciado de marras: “Cuando se levantó para subir en el rucio, vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se puede creer que eran borricas, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero, como no va mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo.” 

No soy de los que piensan que se haya de imponer la lectura del Quijote, pese al enorme valor que esta novela de Cervantes tiene para nuestra cultura. Sin embargo, cuando en las aulas se pretende acercar muestras de lo más valioso de nuestra literatura, se observa con frecuencia que el lector se despeña sin despeinarse, ancas abajo, de la burra, aunque no sea capaz de saltar luego sobre la tosca montura con tanta ligereza como la encantada Dulcinea.

Entonces, me pregunto qué avieso Sancho Panza, qué maligno encantador pone telarañas entre mis ojos y la inteligencia, teóricamente feraz, de quienes ya no son, en teoría, infantes y debieran estar para algo más que para ser puestos sobre un asno.

15 de junio de 2013

El tigre de Palermo

Un estribillo inane, pero pegadizo, empieza a apoderarse del curso del pensamiento. Antes de recurrir a la poción mágica de canturrear una de Rosendo, que, en estos casos, para mí, es mano de santo, el recuerdo se encastilla: “Corre sàngue in le vene”. Y ahí, enfrente, ya está el personaje. Podría decir que parece sacado de una película de Fellini, si la luz, un tanto calinosa del ferragosto en Palermo, una ciudad mil leches como esta nuestra España herida, fuese un poco más teatral. Pero ahí están las mesas y las familias y vecinos en la Piazza Marina, con el telón de fondo de los ficus de la Villa Garibaldi.

La entrada en escena del tigre de Palermo es poco espectacular: observa, casi inmóvil como don Tancredo, a la concurrencia. Quizá un exceso de pudor, impostado o no, lo atornilla en el lugar, hasta que alguien lo saluda y se acerca a recoger algunas monedas o a intercambiar chanzas. Enjuto, un tanto calvo, de una juventud un tanto indefinible e inmensurable, se arranca, por fin, a soplar o escupir sobre el micrófono de plástico la cantilena: “Sandokan, Sandokan... Corre sàngue in le vene..”. El número, repetido hasta el borde del tedio, se adorna, de cuando en cuando, con la exhibición de un puñal y un Shere Khan de juguete.

Orate o caradura, el tigre de Palermo forma parte del paisaje como nota chusca o pintoresca. Sin embargo, la verdad del loco o del borracho puede ocultarse en el estereotipo o el tópico que la desarman y la convierten en una ilusión infantil. El tigre escupe o sopla el estribillo inane ( “Dame fuerza de día y de noche. El valor llegará...”) por unas monedas o, quizá, por la compañía del respetable. Maneras de vivir. Podemos levantarnos de la mesa satisfechos de la pizza, el Nero d’Avola o la Moretti y el ambiente, no es completamente necesario que nuestro óbolo tintinee esta vez en las manos del bufón. Regresaremos, tal vez, a enfrentar la noche cálida o la guerra cotidiana, o las otras, con nuestro atrezo de rugidos, dagas y micrófonos de corta y pega... ¿Por cuánto?


23 de mayo de 2013

El regreso del padre Karras

A despecho del poder y la influencia que aún conserva, la Iglesia parece empeñada no solo en mantenerlos, sino en aumentarlos y, quizá, alcanzar los que tenía otrora, aunque sea a costa de los mayores dislates.

No sabemos lo que Bergoglio opina acerca de asuntos tan inextricables como los del limbo, el purgatorio o el infierno. Sin embargo, casi era de esperar que, si Ratzinger, el pontífice de la crisis, devolvió por arte de birlibirloque la materialidad al infierno, no tardarse en regresar del limbo Satanás.

Como en las grandes urbes hay propensión al relajo y al olvido de Dios, parece que en Madrid las fuerzas y huestes de Lucifer andan sueltas. Así que Rouco, quien tiene un olfato muy fino para todo lo sulfuroso, además de velar por los ovarios de todas las españolas y demostrar con argumentos irrebatibles que la doctrina católica tiene efectos tanto o más beneficiosos que las matemáticas no solo para la salud, sino, especialmente, para la inteligencia, ha encontrado su camino de Damasco y le ha llegado, por fin, la iluminación divina: no basta con que él y sus cuates pretendan ser la policía de las mentes y los bajos de devotos e infieles, la Iglesia necesita antidisturbios formados en la escuela del padre Karras para enfrentar con contundencia el terror que provoca el Maligno.

Mas no se equivoquen los fieles lectores y los curiosos: a Rouco no le llega el olor a azufre, por poner unos ejemplos, de las SICAV, ni siquiera un poquito de los desahucios, ni del palacio de la mentira, digo: de la Moncloa; su fina pituitaria apunta a los supuestos desmanes de charlatanes que le empezaron a hacer la competencia cuando se quedaba traspuesto en el altar. El agua bendita, el crucifijo y los demás trebejos del ritual de exorcismo serán los instrumentos adecuados para engañar a los pobres de espíritu cuyas dolencias, reales o imaginarias, no sean capaces de torear psiquiatras ni médicos.

Nosotros, por si acaso, vamos a mantener a partir de ahora una estrecha y cuidadosa vigilancia de nuestros demonios y diablas familiares, a los que hemos cogido cariño, fíjense ustedes, no sea que los rapten los meapilas. 

14 de abril de 2013

El coco escrache


Los hijos de las mujeres y los hombres de bien, es decir, de aquellos que se cuentan entre los más de 10.000.000 de votantes del PP, cuya inteligencia han heredado o llevan en los genes, estarán aterraditos, los pobres, pues esa misma inteligencia que les imbuye la flor en el culo con que nacieron, les muestra, por deducción lógica, que de la noche de los cristales rotos de los escraches a los crematorios media solo un paso o, quizá, dos. Han visto, por fin, al coco.

Pero no hay inteligencia ilimitada. De esta manera, es posible que estos niños acepten sin reflexión ulterior que sea un crimen insultar a mamá o a papá y, por el contrario, denostar a la ministra del aborto, ejercicio de la libertad de expresión.

El coco los acorrala en el cuarto de la plancha y les hace imaginar que las pegatinas que infaman el umbral del edificio son números marcados en la piel de sus débiles brazos. Con tanto nerviosismo, al borde de la histeria, a papá y a mamá no se les puede hablar de Enrique Ruano, de los sucesos Vitoria o de ese señor tan simpático que trabaja para el Ministerio del Interior y que antes se llamaba Emilio Hellín.

3 de abril de 2013

Banderas, estatuas, mitos


Luce a ratos el sol sobre las estelades que cuelgan de balcones y ventanas ilerdenses, como luce sobre el bronce que arrojó de sí la memoria de Istolacio e Indortes, para encarnar, es un decir, a Indíbil y Mandonio. Es lo que tiene pasar del humilde yeso decimonónico que concibió Medardo Sanmartí a la aleación, entre militar y numismática, también es un decir, pergeñada en 1946.

Según Diodoro de Sicilia, Istolacio e Indortes fueron dos caudillos o generales celtas que se opusieron a Amílcar Barca y perecieron en el intento. Puede entenderse quizá que el martirio de Indortes no fuera mérito suficiente para borrar u olvidar el hecho de que su crucifixión, pues así las gastaban los cartagineses, vino después de intentar salir por piernas sin presentar batalla. 

A su mayor o mejor pasta de héroes, con crucifixión del segundo incluida, pues así las gastaban también los romanos, Indíbil y Mandonio unían el ser figuras más acordes por su origen (ilergete uno, ausetano el otro) para sustentar, siguiendo los extraños vericuetos de la Historia, no ya las veleidades patrióticas del liberalismo romántico de un Modesto Lafuente, sino, sobre todo, las del nacionalismo catalán nacido al amparo de la Renaixença

Poco importaba a unos y a otros que estos régulos o reyezuelos alternaran los amores de sus consensos, acuerdos o alianzas entre las dos potencias extranjeras enemigas. Tampoco les importó, dicho sea, no de paso, sino con alevosía, a los mitógrafos o, si se prefiere, mitómanos franquistas cuando se agenciaron los cromos para su catálogo.

El grupo escultórico que se alza frente al Segre tiene su mérito, no cabe duda. Pero, según nuestra modesta opinión, y que nos perdonen los leridanos, solo le falta, para completar el arrastre de esencias patrias, un torito, un bou, si se prefiere, muerto a los pies de los incitantes y festivos mozancones. Ya hay una lanza, que vale como tal o como puya; no es difícil imaginar, por tanto, orejas y rabo en lugar de cadenas y falcata.

La estelada es la enseña de una aspiración legítima: la independencia. “Independencia” es el concepto que, en el XIX, asociaban Modesto Lafuente y Emilio Castelar con los mitos citados y otros como Orisón y Viriato. “Independencia” es  la palabra que da título a la obra de Sanmartí o, según las versiones, forma parte del mismo. “Independencia” es, lo habrán adivinado, término que, en los libros de texto del franquismo, acompañaba a nuestros personajes.

Faltaría hoy encontrar al ilergeta capaz, al andoba, perdón: al Andóbales avezado en distinguir tirios de troyanos o cartagineses de romanos, siquiera para chalanear con ellos o, mejor, ver si en latín y en púnico significa lo mismo la palabra “desahucio”, por ejemplo.

21 de noviembre de 2012

Hacer girar el Sol alrededor de la Tierra


En la primera escena de Vida de Galileo, el científico pisano hace ver a Andrea, un mozo de diez años hijo de la criada, la posibilidad de que la Tierra gire alrededor del Sol mediante un juego. Antes, Galileo le asegura a Andrea que, en muy poco tiempo, los hijos de las pescaderas irán a la escuela.

Hoy, el hijo de la pescadera va, efectivamente, a la escuela. Pero continuar en ella le va a resultar cada vez más difícil, sobre todo si no tiene más recursos que su inteligencia y su apetencia de saber. La ley que Wert está terminando de cocinar en su rebotica neoliberal diseña el camino que el estudiante del futuro inmediato habrá de recorrer como una pista americana o, así se viene diciendo con bastante buen juicio, una carrera de obstáculos. La meta no es la formación o el saber en sí, ni el enriquecimiento intelectual, sino promover “la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país”.  Es cierto que el anteproyecto de la LOMCE habla también de desarrollo personal y de ventajas “simbólicas”, pero se hacen depender demasiado estas de las “materiales”.

El hijo de la pescadera del barrio quizá quiera ser de mayor abogado o periodista, como sus colegas europeos. Las ciencias, tan importantes para la economía según la Comisión Europea, no interesan a los jóvenes. Ni la Comisión Europea ni el ministro menestra Wert se plantean otro recurso que la reválida continua y la segregación curricular en pos de resultados numéricos. Poco importa que el modelo de sociedad que, implícita y explícitamente, defienden ofrezca como arquetipos para emular a Cristiano Ronaldo o a un rey designado por un dictador, por citar solo unos ejemplos.

Al hijo de la pescadera, en fin, quizá le enamore, como a Andrea, la Hidráulica. Pero para completar, como este, estudios en Amsterdam, le hará falta algo más que un tupper. No se dará cuenta, seguramente, de que hay quien quiere hacer girar el Sol alrededor de la Tierra.




13 de noviembre de 2012

La matanza de los bueyes


En Rescoldo de Grecia, Alfonso Reyes da cuenta de una antigua ceremonia ateniense, la boufonía o matanza de los bueyes, muestra de la ancestral fraternidad que muchos pueblos creían que existía entre el hombre y el ganado de la tribu. En la boufonía, escribe Reyes, se simulaba enjuiciar a quienes habían participado en la matanza. Se acusaban unos a otros hasta que, finalmente, el que había degollado a la res acusaba al cuchillo. El cuchillo, considerado culpable, era finalmente arrojado al mar. 

En relación con este ritual y con la creencia subyacente, el escritor mexicano recuerda un pasaje del tercer canto de la Odisea, en el que se cuenta la llegada de Telémaco a Pilos, guiado por Palas Atenea bajo la apariencia de Méntor. El rey Néstor reconoce a la diosa que acompaña al hijo de Ulises, por lo que decide sacrificarle una novilla no domada cuyos cuernos son cubiertos de oro. Los hijos de Néstor desempeñan diferentes cometidos en la muerte. A Pisístrato, el menor, le corresponde degollar al animal y a Perseo recoger la sangre en un vaso, mientras las hijas, las nueras y Eurídice, la esposa del rey, emiten gritos de duelo.

Hoy, cuando mucho se propende a hablar de sacrificios, los hijos del capital aparentan plañir ante el de los bueyes, en tanto que estos se desangran sobre la tierra, como si fuesen ganado de una tribu bárbara, o sobre copas que se guardan a buen recaudo en altares fementidos. El reo, obviamente, sigue siendo el cuchillo y no quien lo blande.