En La vuelta al día en ochenta mundos Cortázar hace intervenir a Calac y Polanco, esos dos grandes cronopios que también se pasean por Último round, Territorios, Los autonautas de la cosmopista y, especialmente, 62/Modelo para armar. Calac, en consonancia con su nombre, que es un palíndromo, propone, como rechazo de lo sólito, de lo cerrado, de lo marcado o estatuido, actuar como esponja, no como piedra pómez. Polanco hace ver a su compañero que “eso lo hace todo poeta”. Y todo niño, añadiría yo. Ello consiste, creo, en pasar de la contemplación fruitiva, pasiva y circunstancial de lo excepcional de la experiencia artística a convertir lo cotidiano, la realidad si se quiere, en algo creado por todos, siguiendo el lema del Conde de Lautréamont, que Calac cita y que fue tan caro a los surrealistas: “La poesía debe ser hecha por todos”.
Improbable, utópico, si quieren, en una realidad que Cortázar califica de porosa. Parece, entonces, que los poros van estrechándose, embotándose, convirtiéndose cada vez más en los de la piedra pómez, que sirven, ya saben, para tapar poros, para limar asperezas, para limpiar o eliminar lo que no se quiere ver, lo que no se sabe sufrir.
Utópico, improbable... Pero no deja de ser una cuenta pendiente. Como no deja de ser, tampoco, una buena manera de homenajear a Cortázar en el año de su centenario.
