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16 de septiembre de 2008

¿Una lección de ética?

Nadie discute que la familia ha de transmitir valores morales. Nadie discute, tampoco, que la familia tiene derecho a elegir qué clase de educación quiere para sus hijos. Otra cosa es la base sobre la que se sostiene esto en la práctica. Otra cosa es, si nos fijamos en lo que sucede en la Comunidad de Madrid, que se intente imponer un modelo ideológico, por las buenas malas o por las malas buenas, con la excusa de defender los derechos, siempre respetables, de una minoría del influjo pernicioso de "un catecismo político".

El 17 de septiembre empezarán las clases para los alumnos de la E.S.O. Según la misma Comunidad de Madrid, los alumnos que han objetado en Primaria a Educación Para La Ciudadanía son menos del 1%. La Comunidad cifra, además, en unos 115.000 alumnos el número de los que este año tendrán que cursar la materia citada en la E.S.O. De ellos, han objetado 890, es decir, poco más del 0,71%. Mucho ruido para tan pocas nueces.

Ya que de catecismos se habla, aunque opino que la catequización en materia religiosa se ha de hacer en la familia y en las iglesias, no pongo reparos a que los centros católicos privados la sigan ejerciendo en sus aulas. Con su pan se lo coman. Sin embargo, si la información publicada por Joaquina Prades en El País del pasado 14 de septiembre es cierta, resulta curioso meditar acerca de los valores que ese sector defiende y que son, me temo, los que mueven a los políticos que amparan la objeción de que hablaba.

La señora Prades hace un recorrido sumarísimo, pero jugoso, por el libro Ética, redactado por José Ramón Ayllón y Aurelio Fernández para la editorial Casals, y destinado, como manual, a 4º de la E.S.O., que, según parece, va a ser utilizado en muchos colegios católicos privados. El resumen de la periodista no estará muy lejos de la realidad cuando, no sólo las federaciones de la enseñanza de UGT y Comisiones Obreras, sino también la Federación de Asociaciones de Directores de Institutos se echan las manos a la cabeza.

Empiezo por el final. Parece que los sesudos autores, filósofo, antiguo profesor de religión y experto en bio-ética el uno, teólogo el otro, la toman, cómo no, con Epicuro, Protágoras, Voltaire, Hume, Marx, Freud y Nietzsche, entre otros. Nietzsche es peligroso por su conducta independiente. Pues bien: los independientes al infierno. Sin embargo, ya cansa la manida condena del alemán como precursor del nazismo, y espeluzna la relación de su final, ya que murió enfermo de sífilis y enajenado, con el destino que espera a quienes niegan a Dios. Olvidan, seguramente, que más de un papa y más de un rey padecieron el llamado morbo gálico. Una joya de rigor argumentativo, como puede esperarse de especialistas militantes del integrismo.

Paso por encima de la falta de caridad, en el sentido cristiano de la palabra, que supone negar, aun a los esposos estériles, el recurso a la reproducción asistida. Me río de la patochada que supone utilizar unas palabras de Hamlet ("El temor de un algo después de la muerte") como prueba de la existencia de Dios. Si, como dicen estos señores, "ver a Dios en todas partes y en todas las cosas no es propio de santos, sino simplemente de hombres sensatos", igual es un ejercicio de sensatez ver a Dios en las casas de las mujeres maltratadas por sus parejas legítimas o ilegítimas. Las recetas que recomiendan para las tragedias familiares son las de la resignación y el sufrimiento, pues "si se quiere ser muy feliz hay que ser muy fiel" y "hay que sufrir por defender el matrimonio", porque "la diferencia entre una tragedia sin divorcio y otra con divorcio consiste en que dentro del matrimonio la tragedia puede ser noble y ejemplar."

Como el asco empieza a mover mi bilis, vayamos a lo que argumentan acerca del aborto, al que comparan con el holocausto y la bomba de Hiroshima. No quedan lejos, por mucho que lo pareciere, los tiempos de libros de texto como el manual Ética y Moral I, de los catedráticos Antonio Bolívar y Salvador Villegas. El libro, que fue publicado por la editorial Bruño en 1992, allá por los años que, en palabras de Armas Marcelo, fuimos Marilyn, no puede calificarse, precisamente, de "catecismo político". Esto es algo de lo que en él se lee acerca del aborto:

No hay, pues, acuerdo sobre el momento en que puede considerarse persona al feto, ni siquiera sobre el momento en que comienza el embarazo, que unos consideran comenzado en el instante mismo de la fecundación y otros cuando el óvulo, ya fecundado, anida en el útero.

Aunque me importa un ardite que me acusen de tendencioso, voy a hacer honor a estos profesores transcribiendo un párrafo más:

Hoy por hoy, sin embargo, con el actual estado de las ciencias médica y psicológica, es imposible probar que un feto no viable fuera del seno materno reúne todas las características de la persona; pero sí es evidente que constituye la base corporal en la que progresivamente se irán apoyando éstas, en su aspecto psicológico e intelectual. Debe ser considerado, cuando menos, un proyecto de persona, independientemente incluso de si tiene vida propia o forma parte de la corporalidad de la gestante.

La diferencia de lenguaje con el libro de la editorial Casals salta a la vista.

Puestos a objetar, no puedo desaprovechar la ocasión que me brinda esta mi primera aparición en Por el camino de la letra para abogar por la objeción, en la enseñanza pública, no sólo a la materia de religión, sino también a cualquiera de sus alternativas.

Me repugna terminar con unas palabras de Ayllón y Fernández. Si estos tiempos "han sentado a Dios en el banquillo de los acusados", quizá sea porque tenga algo de culpa.

Para más información:


6 de septiembre de 2008

Manual Escolar de Religión


Debo ratos de curiosa y regocijante lectura al Manual Escolar de Religión de don Cipriano Monserrat. Este señor fue, entre otras cosas, profesor titular de Religión en el Instituto “Jaime Balmes” de Barcelona. Dispongo de la 7º edición del libro, que publicó la Editorial Lumen en 1950.

En el Manual puede uno toparse con perlas como la que sigue:

Penas del infierno.- Distínguense en el infierno dos clases de pena: la de daño y la de sentido.

1º. Pena de daño. Consiste esta pena en la privación de la vista y posesión de Dios. Es el mayor castigo del réprobo. “Aparta de mí, maldito”, dice el Juez supremo. ¡Fatal maldición! El alma, libre de las ataduras del cuerpo, ve sin celajes la magnitud de la pérdida que se ha acarreado; siente vivamente que Dios es su principio, su centro y su fin; comprende que de sí misma dependía el gozar para siempre del bien supremo y que voluntariamente se ha privado de él por toda la eternidad. La aprensión de tamaña desdicha provoca en ella unos transportes de rabia y de desespero que el hombre es incapaz de expresar y comprender.

2º. Pena de sentido. Consiste esta pena en el suplicio de un fuego activo y devorador. Desconocemos la naturaleza de este fuego, mas la Sagrada Escritura nos permite colegir que no se trata de un fuego metafórico, sino real, pues Nuestro Señor Jesucristo emplea varias veces y sin ambages la palabra “fuego” al referirse al tormento de los réprobos. El mal rico clama desde lo más hondo del infierno: Me abraso en estas llamas.


Los teólogos añaden que ese fuego está dotado de unas propiedades singulares, en virtud de las cuales obra sobre las almas sin mediación del cuerpo, haciéndoles padecer unos dolores análogos a los que en nosotros produce la llama. Y san Agustín afirma que el fuego de la tierra no es más que una sombra o pintura del devorador fuego del infierno.


No sé qué se enseña en las catequesis actualmente. Juan Pablo II llamó la atención sobre la necesidad de corregir la visión física tradicional del infierno. No queda claro que Benedicto XVI haya vuelto, en esto, hacia atrás. Sólo me gustaría que nos pusiéramos, por un momento, en el pellejo de un niño de unos diez años, allá por 1950. Pensemos, por tanto, teniendo en cuenta la credulidad y la ingenuidad del chico, en la imagen atroz de unas llamas mucho más intensas o poderosas que las de la tierra. Imaginemos, también, ese terrible castigo asociado de inmediato, de manera casi inconsciente, a cualquier pecado o pecadillo. Añádase la facilidad y la acuidad con las que el chico aprehendería la noción de que no es Dios, sino el alma la que se condena. Llamaría yo a esto terrorismo espiritual.


Fuente de la imagen: Wikipedia.