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8 de julio de 2026

37º o el temblor

La torre de los sueños, el abatido faro
donde, por aquel tiempo, proyectábamos
castillos que la mar respetaría
¿en qué han parado sino en el temblor?
                    ---------
Entre estos intervalos de esplendor
se deslizaba el tiempo como un buque
con las luces cegadas. el gobernalle roto
y una leve modorra en el pasaje
que en vano interrogaba a la marinería
por el dudoso muelle del atraque final.

Antonio Martínez Sarrión.

Aunque acabo de mirar la información de temperatura en el portátil, el título es, también, el de una canción de Radio Futura. Hay algo más de un montón de huesos con algo de pellejo alrededor enfrentado a la página, hay algo más de una musiquilla inane cuyas notas resbalan, como el sudor, por la pendiente, hecha piel o corteza, del tedio o de la acedía.

Qué importan himnos sin letra ni maldecir entre dientes a manes, lares o penates, patricios o plebeyos. Algarabía, murmullo o silencio nada pueden contra la derrota o la deriva del buque, si en las escalas el sufrimiento sofoca el esplendor.

Hay, antes que un cadáver desnudo o amortajado, este temblor.

8 de marzo de 2023

Todo está en Madrid

 

Mesas y sillas en una terraza vacía. Palomas zumbadas y hambrientas a la busca entre colillas, servilletas arrugadas, anuncios y otros desperdicios en la arena baldía.

“Estamos construyendo el Madrid que viene”, reza un cartel al que faltan solo (sírvase usted de poner tilde al adverbio, si le parece demasiado escueto o ambiguo) el rojo y el gualda. Una bicicleta encadenada a una farola bajo otro cartel en el cual puede leerse: “Todo está en Madrid”. Podría completarse, corregirse o matizarse, por supuesto: jóvenes sin propósito, viejas y viejos que perdieron u olvidaron el suyo, damas y caballeros con el móvil en ristre, niños asidos por manos maternas o paternas, anciana con perrito sucio y mascarilla nariguera. “Todo el mundo a sus quehaceres”, canta Rosendo en la lista de reproducción de mi memoria.

Todo está en Madrid. Y la mugre y el cielo que anuncia la primavera.

25 de agosto de 2017

Paradoja de la Librería Lello

El viajero o el turista que, de visita en Oporto, ascienda, pasada la Torre de los Clérigos, la Rua das Carmelitas podrá encontrarse con una larga fila de personas de diferentes naciones, admiradoras o no de Harry Potter, aguardando traspasar el umbral que se abre en la fachada neogótica de la Librería Lello. Antes habrán depositado el óbolo correspondiente, cuatro euros, en las arcas del establecimiento situado en el chaflán de Carmelitas con la Praça de Gomes Teixeira.

Fachada de la Livraria Lello
Interior


















Es cierto que la Librería Lello es un hermoso espacio dentro de la hermosa ciudad portuguesa. Es cierto que, para echar un vistazo al lugar, merecen la pena la espera, el pago y las apreturas causadas por un gentío no siempre bien educado. Pero no es menos cierto que, en términos estrictamente bibliográficos, algo que podría ser, por sus trazas y su historia, un templo de cultura, parece más una especie de enorme y, repitamos, hermosísimo quiosco, donde solo faltan, por ejemplo, revistas del corazón, algunas chucherías para casos de urgencia golosa y las entregas semanales, quincenales o mensuales de colecciones diversas.

Detalle de la escalera
Indagando en los estantes

Quizá sea signo de estos tiempos transformar toda muestra de cultura en mercancía y todo lugar bello o con poso de historia en escenario apropiado para el efímero escaparate de un selfie. Todo ello sirve, qué duda cabe, a la supervivencia de la Livraria Lello y de su no magro negocio. Esto es lícito. Sin embargo, los fondos que se ofrecen en los estantes a la avidez del turista que quiera descontar el pago de la entrada mediante la compra de uno o varios libros son, aparte de su ordenación anárquica, ostensiblemente caros, de manera que hacen dudar al visitante aficionado a la lectura que la Lello sea el lugar elegido por los lectores portuenses para colmar su necesidad de libros.

11 de mayo de 2017

La Revolución Francesa, los liberales y un libro de Francisco Casavella



En Lo que sé de los vampiros, Francisco Casavella introduce a Martín de Viloalle, el protagonista, en el ambiente de la Revolución Francesa. Viloalle conoce a Baptiste Rivette, periodista al servicio del conde de Mirabeau. Una de las páginas memorables de la novela atribuye a Rivette las siguientes palabras:

      He aquí los pasos necesarios de la degradación:
     Al tono de fineza que compromete sucede el tono de fineza que se recata. Y esta cede sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación.

Salgo de mi oscura circunspección para imaginar a Rivette escribiendo lo que antecede en, por ejemplo, la tribuna del palacio de la Carrera de San Jerónimo durante una sesión de control al Gobierno.

Mirabeau osó escribir algo que sería políticamente incorrecto en esta nuestra España borbónica, a saber: “El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado”. Eran otros tiempos. Aunque parece que el conde jugaba a dos o tres bandas, como los que ahora se dicen liberales a ambos lados de los Pirineos, pues sacrifican, soslayan o limitan con bastante facilidad, y hasta regocijo, las libertades si afectan al “laissez faire” y a la propiedad privada, aun cuando esta se haya conseguido a tuerto; pues defienden, generalmente, solo la igualdad de los que consideran sus iguales; pues, en fin, fuera de misa oponen fronteras a la fraternidad.


3 de marzo de 2017

Rivas Cherif y los dinamiteros de la cultura

El paso de Cipriano Rivas Cherif por las cárceles franquistas es ilustrativo tanto de la maquinaria propagandística sobre las condiciones de vida de los presos republicanos desplegada durante los primeros años de la posguerra, como del punto de vista adoptado por el régimen ante la difusión de la cultura en general y el teatro en particular.

La propaganda franquista pretendió, mediante la creación del Patronato Central de Redención de Penas, minimizar el número de presos y la situación de estos en las cárceles con el alarde de proporcionar a los reclusos algún tipo de actividad que los ayudase a expiar sus crímenes, ser útiles a la nación y a sus familias y reducir los años de cautiverio, aunque la actividad, en el caso del trabajo, se realizase en condiciones cercanas a la esclavitud y a mayor gloria de Dios y de, por ejemplo, Dragados y Construcciones. Otra cosa era la difícil reinserción del penado que lograba cruzar la verja.

La elección del nombre “redención” tanto para el Patronato como para el semanario promovido por este organismo no es inocua, pues no oculta el olor a sacristía: el delito político se consideraba, además de enfermedad, pecado. En el semanario Redención, única publicación periódica que, oficialmente, podían leer los presos, con la sana intención de borrar o lavar de los cerebros el virus marxista y otros bacilos ideológicamente dañinos, se cantaban las excelencias y los logros de la labor redentora y se invitaba a colaborar en la publicación a los redimibles.

Entre las actividades de “redención” contaban los cuadros artísticos de las prisiones, destinados también al solaz de los encarcelados. En los cuadros artísticos se ofrecía a los parias sin libertad lo que la derecha supuestamente civilizada había intentado negar al pueblo durante los años de gobierno de la CEDA, cuyos representantes fueron motejados con acierto por Américo Castro de “dinamiteros de la cultura”: cantos y danzas populares y, sobre todo, un acercamiento al teatro del Siglo de Oro.

En este contexto hay que situar la rocambolesca aventura carcelaria de Rivas Cherif. Este completo e innovador hombre de teatro y republicano convencido tuvo la buena o la mala suerte de ser cuñado de Manuel Azaña. Rivas Cherif fue cazado por la Gestapo en Francia y condenado en España a la pena capital. Fallecido Azaña, a Rivas Cherif se le conmutó la pena de muerte por una de treinta años. Pero estas vicisitudes no me interesan tanto ahora como el hecho de que, después de huir de la tentación en varios penales, Rivas Cherif, hombre de teatro al fin, aceptó la dirección del cuadro de El Dueso, gracias a la colaboración de Juan Sánchez Ralo, director del penal, el “poli bueno” (con todos mis respetos), y, sobre todo, el entusiasmo, no por la redención, sino por el teatro, de un número creciente de reclusos.

A Rivas Cherif se le permitió seleccionar actores y, más allá de algún compromiso que no pudo evitar, repertorio. Sin embargo, no se conformó con esto, sino que propuso, y fue aceptada, la creación de un Teatro-Escuela, inspirado en sus andanzas con el Teatro Escuela de Arte, pero con unas limitaciones materiales que lo llevaron a ahondar en su concepción de un “teatro puro”, hermano de los hallazgos o los encuentros del Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas y de La Barraca.

La experiencia del Teatro-Escuela de El Dueso, que han guardado la memoria de los participantes y, en especial, los minuciosos cuadernos de Rivas Cherif, duró lo que el régimen tardó en nombrar a un dinamitero de la cultura como nuevo director del penal y acabó, simbólicamente, con la destrucción de la cúpula Fortuny, única entonces en España, que el Teatro-Escuela construyó en El Dueso con chapas.

Aunque la propaganda del Patronato presumiera, incluso después de desaparecido el Teatro-Escuela, de lo alcanzado en El Dueso, y aunque otros reclusos más politizados, como Buero Vallejo, se opusieran a su desarrollo, si hemos de creer a Rivas Cherif, la experiencia del Teatro-Escuela no fue tanto un ejemplo de claudicación o de colaboración, como de evasión espiritual, de paradójica resistencia. Desde este punto de vista, los cuerpos de los miembros del Teatro-Escuela estaban presos, no su conciencia.



Nota: artículo publicado, originalmente, en el blog Curiosón.


6 de enero de 2017

Una respuesta

Con ese mohín que te hace tan atractiva, me preguntas por qué no escribo. Te respondo, con algo de cinismo, poniendo en mi boca unas palabras de José Hierro: “El canto se me ha secado en la garganta”.

Pereza aparte, pues el trabajo que requiere la palabra es, como he escrito en otro lugar, tarea ingrata, se me ocurre decir ahora que hay en la vida reclamos de cielo y de cieno que explican, si no justifican, el apartamiento. Para los primeros, las palabras no me encuentran o no me decido a buscarlas. Para los segundos, se me hacen más transitables, más certeras, las de otros: esa novela de Chirbes que me has prestado y no he terminado de leer, por ejemplo. O ese otro verso de Espronceda que puse a los chicos en un examen: “Palpé la realidad y odié la vida”.

Como no creo solo en la paz de los sepulcros, me pregunto si merece la pena escribir desde el odio, el resquemor o el asco, aunque lo haya hecho, lo sabes, muchas veces. Y la pregunta no se debe tanto a publicar en este menesteroso espacio al que acuden unas pocas personas fieles y maravillosas, como a constatar, quizá de manera equivocada, que después de poner el punto final a un texto hay un tiempo, más o menos largo, pero siempre fugaz, de satisfacción un poco pueril, pero luego asoma su hocico el vacío, la falta de rédito ético, más allá de creer que tengo razón, o que tengo mis razones y que he sabido trasladarlas al papel, a la pantalla, con alguna pericia. La bestezuela, atusándose sus largos bigotes, me recuerda entonces que hay tantos motivos para seguir golpeando las puertas de la realidad, que la labor de nombrarlos, explicarlos o denunciarlos se convierte en el trabajo de Sísifo.

Juan de Valdés y Cervantes, entre otros, recogieron el refrán “Nunca digas: de esta agua no beberé”. Puede suceder, por tanto, que vuelva a arrastrar la piedra hacia la cima de la montaña y que vuelva a caer al pie. Quizá mi condición sea también, en palabras de Píndaro que Camus puso al comienzo de su ensayo sobre el rey de Corinto, la de agotar el ámbito de lo posible, aunque ahora me parezca absurdo e innecesario.


27 de agosto de 2016

Humor gallego



El humor del gallego, capaz de poner nombres tan extravagantes e ingeniosos como “Mi mamá me mima” a un vino, o “Ponte mona de luxe” a una tienda, nos depara, a las puertas de “Ten con ten”, una de las cafeterías de la estación ferroviaria de Ferrol, el mensaje, escrito en una pizarra, que puede leerse en la imagen.

Faltas de ortografía aparte, la sonrisa irónica del primer momento se trueca en rictus de preocupación amarga al considerar que el letrero se dirige a los padres de muchos jóvenes cuya afición al juego de este verano parece lamentarse; padres a los que alguna responsabilidad, por pequeña que sea, puede achacarse en este asunto.

18 de julio de 2016

De Salburua al Topic de Tolosa, pasando por Schommer

Dos formaciones de cigüeñas planean en círculos sobre las balsas de Salburua. Si no fuera por el crotorar y el plumaje blanco y negro, diríase que son buitres. Por un momento pensamos que a la naturaleza le tienta el disfraz. La idea, que no es nada original, se confirma caprichosamente con uno de los letreros pedagógicos que amenizan nuestra marcha hacia las colecciones de insectos del Ataria. En el letrero se habla de un falso mosquito que no se alimenta de sangre.

El blanco y el negro dominan en la exposición Oroimenean. Alberto Schommer García que se exhibe en el Depósito de Aguas del Centro Cultural Montehermoso. En la exposición hay una fotografía de Ceferino Yanguas en la que figuran varios niños disfrazados para un concurso celebrado en 1934. Entre los chicos puede verse, en medio, a Alberto Schommer. A los lados, en unos carteles, puede leerse el siguiente aviso: “Estos salones han sido perfumados con Jazmines Negros”. El perfume como otro disfraz, aunque proceda de una flor, por lo general, blanca.






















Alberto Schommer dijo, en un documental rodado con motivo de la exposición dedicada a su serie Máscaras que tuvo lugar en el Museo del Prado el año 2014: “No todas las caras valen para hacer una máscara. Hay caras que no tienen interés”. Schommer se refería, por un lado, a los retratos que forman parte de la serie y, por otro, al hecho de que, para él, no todo rostro era digno de un retrato. Sirva esto para meditar acerca de la moda, que para muchos es compulsión, del selfie. Una foto puede capturar un instante de vida, aunque este sea inane.

Las niñas y los niños de la imagen de Yanguas me recuerdan ahora a los títeres expuestos en la magnífica colección del Topic de Tolosa. Unos y otros inmovilizados hasta que la mirada y la imaginación del espectador o las manos del titerero los animen. Inmovilizados aquellos, con ayuda del formol, como las mariposas y las libélulas del Ataria.



  • Las imágenes, de cosecha propia, han sido tomadas en el Topic deTolosa.

8 de junio de 2016

Poetas

Caminaba, hace algo más de un mes, sin rumbo por el barrio. En el escaparate de una librería de lance que no recordaba estuviera allí, mis ojos se detuvieron en un ejemplar de Dardo, el caballo del bosque, novela para jóvenes de Rafael Morales. La memoria, que sigue su propia rosa náutica, me llevó entonces a mis últimos años de instituto, pues fue en el Emilio Castelar donde conocí al poeta talaverano, primero como callado y atento oyente de la lectura que hizo de un puñado de sus poemas; después, como nervioso y abrumado poeta adolescente al que un jurado de poetas del que formó parte Morales había premiado unos versos que ahora me parecen, si no horrorosos, fallidos y torpes. Don Rafael fue el encargado de darme ánimos y de aleccionarme para recitar de manera decorosa el texto galardonado.

De la bonhomía del personaje, que arropaba con su bufanda y su “loden” verde, tuve que enterarme más tarde, ya que fui alumno suyo dos años en la Complutense. Sus clases, obviamente, estaban llenas de poesía, la del Siglo de Oro, en demérito, todo hay que decirlo, de la prosa. Lo último que supe de Rafael Morales, antes de la noticia de su muerte, fue que se había quedado ciego, dolorosa y desconsoladamente ciego, aunque Concha Barba, su mujer, se desviviera por paliar la ceguera.

El Castelar, el Kremlin de Carabanchel, era, a finales de los setenta, un hervidero en el que lo mismo actuaban los Ñu o el grupo Tábano, como a los Guerrilleros de Cristo Rey les daba por quemar el coche de Joaquín Benito de Lucas, el director del instituto. Joaquín Benito de Lucas es poeta, talaverano también, como Rafael Morales. Supongo que a Benito de Lucas se debió en buena medida que las mañanas de los sábados fueran tiempo reservado en el Castelar para la poesía. La presencia y la palabra de Eladio Cabañero, Ángel García López o Claudio Rodríguez, entre otros, abrieron aún más los sentidos de un puñado de jóvenes letraheridos a los hechizos de las musas. Probablemente, varios de esos jóvenes participaban en el animado grupo que organizó un homenaje a José Hierro, con canto a varias voces del poema “Razón” incluido, al que alguien del grupo puso música. Supongo que Margarita, profesora del centro e hija del poeta, andaría por allí y oiría, como yo, el homenaje, teñido de nostalgia, de José Hierro a Julio Maruri y, sobre todo, a José Luis Hidalgo. Quizá la memoria confunde vientos y estrellas, pues han sido varias las ocasiones en que he disfrutado del privilegio de escuchar de cerca a Hierro, pero creo recordar que alguien le preguntó, parafraseando los versos de “No cantaré ya nunca más”: “¿Por qué se le ha secado el canto en la garganta?”.

Antologías aparte, José Hierro había publicado Libro de las alucinaciones en 1964. Agenda se hizo esperar hasta 1991. Años de silencio en las imprentas que pueden explicarse por diversas razones. Me importa puntualizar que, dejando a un lado todo tipo de ilusiones o aspiraciones, la poesía ya había dejado de ser un arma cargada de futuro desde hacía tiempo, si pensamos en la mayoría. Poco importa que la premien cenicientas transformadas en reinas o que presidentes de gobiernos se fotografíen con vates en sillas de ruedas. Nombrar lo perecedero, por otra parte, siempre ha sido tarea, por lo menos, ingrata, por mucho que en una capilla se inciense el intento. En cuanto a la modélica Transición, hubo, sí, mucho buen verso a verso, acompañado de golpes y golpes que, para quien de vez en cuando se acuerda, aunque sea discretamente, dibujan unos trazos que no acaban de concordar con la cuadrícula oficializada. Acudo ahora a mi experiencia: no fueron buenos los versos que recité en el Emilio Castelar cuando, en 1980, se me invitó a tomar parte en un acto de protesta por el asesinato de Yolanda González.

Tengo que volver a la dirección trazada al principio, y al azar, en el plano del horizonte. Así que las sinapsis de mis neuronas me encaminan de nuevo a esa librería de lance en la que, como habrá podido adivinar el hipócrita lector, acabé entrando para hacerme, gracias a un euro bendito, con Dardo. La costumbre y la querencia me llevaron a recorrer los improvisados anaqueles, en los que destacaban por doquiera libros de, o sobre, Mario Conde. El caprichoso azar me deparó unir a la novela de Rafael Morales el ensayo sobre José Luis Hidalgo que Aurelio García Cantalapiedra publicó en Taurus. Ya es casualidad que ambos libros lleven una dedicatoria de quien lo adquirió por primera vez a otra persona. Pero como este tipo de notas suelen despertar mi pudor, acabo aquí de abusar de la paciencia de quien, seguramente, se haya acercado a leer esto por casualidad.

  • La imagen, cuyo autor es Basquetteur, se publica con licencia Creative Commons BY-SA 3.0.


12 de julio de 2015

Divagaciones de verano: entre el bienestar y el bienser

Escuchaba el pasado miércoles las sabias palabras de Emilio Lledó en un programa de la SER dedicado a comentar la última encuesta (aunque lo llaman "barómetro") del CIS, según la cual el 84% de los españoles se considera feliz en mayor o menor grado. De manera indirecta, se asociaba la felicidad al bienestar. Sin embargo, el académico sevillano aseguraba que al “bienestar” hay que añadir el “bienser”.

Quizá me equivoque, pero seguramente Lledó piensa que en la idea de felicidad de la mayor parte de los españoles pesa más lo primero, el “bienestar”, que lo segundo, el “bienser”. El problema, entonces, estribaría en cómo se acota, se gradúa o se piensa la idea de bienestar, si va más allá o no, por decirlo con con plabras de Lledó en su Elogio de la infelicidad,  de “poder acallar la voz de la carne, que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo”.

Uno de los factores que ayudan a llegar al “bienser” es la lectura. Resulta, quizá, significativo que el mencionado “barómetro” indique que la mayoría de los españoles declara dedicar parte de su tiempo libre a pasear (71,3 %)  y a ver la televisión (70 %). Según el CIS, un 47,5 % escoge la lectura para ocupar parte de ese tiempo. A un 31,9 % no le gusta leer o no le interesa la lectura. Resulta curioso que la mayoría de los partidarios del paseo prefieran hacerlo acompañados, mientras que muchos de los que ven la tele lo hacen solos, como si el ocio se dividiera en dos esferas irreductibles e impermeables aun en los casos en que dicha división no parezca tener mucho sentido.

Se sigue hablando mucho del “Estado del Bienestar”, bien para intentar apuntalarlo, bien para negar su vigencia o reducirlo al máximo. En uno y otro caso se utiliza, bien manoseada y prostituida como eslogan,  la palabra “cambio”. Escribía Cortázar, del que estoy releyendo La vuelta al día en ochenta mundos: “En materia social se sigue esperando una ‘evolución’ que lo mejore todo pero sin privarnos de la sirvienta y de la casita de campo”. Cabe preguntarse, y no creo que lo haga nunca el CIS, si en una sirvienta, en una casita de campo o conceptos parecidos se cifra el bienestar que quieren o buscan los españoles.

Si la lectura es, generalmente, un ejercicio solitario, la relectura ha de serlo doblemente. Visto el circo en que nos movemos, nos mueven o nos quieren mover, quizá no venga mal reflexionar, de momento en soledad, sobre esta cita de la mencionada obra de Cortázar, que se publicó, quién lo diría, en 1967: “La soledad de tantos (esto lo digo yo) acabará un día con una hipócrita solidaridad social que solo da masas electorales, ejércitos de robots, histerias colectivas de bobby-soxers, demagogia de teen-agers manejados entre bambalinas por gangsters de la prensa y de las diversiones”.

Y en esas estamos. Entre el bienestar y el bienser.


10 de mayo de 2015

Lo que no esté prohibido

El pasado 7 de mayo en parte del territorio Twitter se armó uno de esos revuelos inanes que son, muchas veces, el pan y la sal de las redes sociales, aunque el pan sea de dudosa factura y la sal se eche de menos. El motivo de escándalo, como habrán podido deducir del título de este escrito los avezados lectores que estén al tanto de lo que se cuece en la realidad virtual, es el mensaje que envió a la jaula del pajarito azul Esperanza Aguirre: “En Madrid estará permitido todo lo que no esté prohibido”.

La frase, que parece un homenaje a Perogrullo, es algo más que una necedad o una simpleza: es el epítome mal digerido, no sabemos si pasado por la alquitara del ABC, que parece ser, en estos tiempos, la principal fuente de información de la candidata popular a la alcaldía de Madrid, de una idea fundamental del liberalismo. Esta idea tiene su más conocida expresión en el “laissez faire” de Vicent de Gournay, economista francés del siglo XVIII.

La idea, como se ve, no ha pasado de moda en este siglo en el cual dicen que las ideologías del pasado son un anacronismo. Lo que no ha dejado tampoco de ser actual es, por cierto, la vieja explotación del hombre por el hombre. Pero dejemos a un lado las digresiones.

Esperanza Aguirre no es, ya lo sabemos, Torrijos, pero es de esos liberales dispuestos a legislar lo mínimo para que la economía se mueva libremente, pues se cree todavía que la libertad económica es fuente de bienestar y redunda en justicia distributiva. De esta manera, no le oiremos pronunciarse nunca contra las SICAV ni las preferentes, ni cuestionar que el ciudadano que no tiene puertas giratorias a su alcance reciba de los bancos que especulan con sus ahorros poco más de lo que estos le cobran por comisiones. De esta manera, se entiende que prometa intentar bajar los impuestos y, a la vez, ensanchar las aceras y aumentar los recursos destinados a emergencias sociales, entre las cuales no queda claro que quepan los mendigos organizados en mafias. 

Probablemente, el aumento se haga depender de la rapiña de lo público o la teta de oro del Estado, que ha de intervenir cuando conviene a los intereses de los que dicen saber qué es mejor para todos o cuando conviene al mercado. Pues Esperanza Aguirre es, también, de esa clase de liberales que salivan con conceptos como los de unidad o soberanía nacional y, a la vez, aplauden la reforma del artículo 135 de la Constitución.

24 de julio de 2014

Andanzas de los hijos de Buda. Reforma de la LPI

Se puede entender que un currito sometido a las actuales condiciones del mercado de empleo, por mucho que ame su trabajo, cuente con las sístoles y diástoles de su corazón los minutos que le faltan para empezar a disfrutar de las vacaciones estivales, si es que tiene la suerte de gozarlas. Pero las señorías que forman parte de la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados no entran, me parece, en la misma categoría: son representantes electos al servicio, se supone, del bien común, con una vida mucho más regalada y fácil que la de muchos ciudadanos que los han votado, por lo que su deseo legítimo de descanso no puede estar sujeto al capricho ni a la urgencia. 

No pretendo analizar el fondo de una reforma que ha de pasar todavía por los correspondientes trámites parlamentarios. Soy, como muchos, un ciudadano ignorante de la letra de esa reforma y eso quizá se me pueda reprochar, pero el desconocimiento es absolutamente imperdonable en aquellos que la han de sancionar. Mucho más imperdonable es la premura frívola con la que varios diputados, según nos cuentan los medios, abandonaron la sesión aferrados a sus maletas. Luego hay quienes se rasgan las vestiduras de fariseo cuando un joven profesor perroflauta con barba y coleta los acusa de pertenecer a “la casta”.

Hijos de Buda, cantaría Pi de la Serra.

25 de junio de 2014

España poltergeist

En noviembre de 2013, Rajoy, el médium bizco, llamaba a Carol Anne, el pueblo español, a dirigir su mirada hacia la luz que se veía a final del túnel. Carol Anne sigue abducida y su casa invadida por extraños fenómenos, a veces tan rutilantes como el de la proclamación de Felipe de Borbón como rey de España.

Los focos de la luz, difundidos por pantallas y bufones diversos, demuestran la afición que Carol Anne tiene a los más terroríficos fantasmas que pueblan la televisión. El trilero bizco se refería, sin decirlo, al hecho de que el conjunto de las empresas del Ibex 35 obtuvieron beneficios en 2013, que aumentarán, según los expertos en magia negra y fenómenos paranormales, este año. Algo contará en esto, se supone, la reducción de plantillas en dichas empresas. Y para que la luz sea más esplendorosa en ese círculo del infierno, la reforma fiscal que se avecina dará un empujoncito a sus consejeros y a todos aquellos que ingresen más de 150.000 euros anuales, a costa del resto de los españoles. El trolero bisojo se refirió, también, a la creación de empleo. Pero la varita mágica escondía, para quien no quisiese mirar, que en la boquita del brujo hablar de empleo es hablar de contratos temporales y a tiempo parcial.

Dentro de la chistera, Carol Anne, seducida quizá por los apóstoles de la luz negra, la esperanza en el hijo del campechano y la desilusión de la Roja, parece no darse cuenta de qué pasa con el sueldo de su papá y con el de los jefes de sus jefes.

26 de abril de 2014

Un abril en que el pueblo no es quien más ordena

El 25 de abril de 1974 tenía yo trece años. Era un adolescente tímido, curioso de lo que le rodeaba, deseoso de saber, con el prurito de un humanismo que tenía más de romántico que de revolucionario, pues no había digerido bien la lectura de copias clandestinas del Manifiesto comunista y los Principios elementales de Filosofía de Georges Politzer, amén de algunos números de Mundo obrero rojo, para el que la noticia de la defenestración de José Luis Cancho supuso algo así como un aldabonazo, un clavo en la conciencia. El clavo se hundió aún más a golpe del garrote vil que acabó con la vida de Puig Antich un mes y pico después. En la España del tardofranquismo se torturaba y se firmaban sentencias de muerte sin que temblasen las manos, salvo por efecto del párkinson.


En la España del tardofranquismo, la llamada Revolución de los Claveles dio, sin duda, alas a la esperanza de que se pudiera empujar, aunque fuera solo un poquito, a la dictadura hacia los albañales de la Historia. Tan sorprendente como la imagen de un clavel reventón en la boca de un fusil era que, utilizando como consigna dos canciones, un golpe militar, encabezado además por un germanófilo que combatió en Rusia junto a la División Azul, permitiera traer, no ya la revolución (tampoco la hubo realmente en Portugal, a pesar de que lo intentaron muchos lusos ilusos), sino la democracia. Politólogos e historiadores recuerdan que el Movimento das Forças Armadas inspiró la creación de la Unión Militar Democrática y de la Unión Democrática de Soldados. De la UDM se sabe algo más que de la UDS, lo suficiente como para sacar los colores a aquellos que hablan de la “modélica Transición”, si es que son capaces de sonrojarse. La mayoría de los procesados en 1976 no pudo, de hecho, volver a su puesto en el ejército por mucho que, a trancas y barrancas, y ya en el siglo XXI, se reconociese la labor de la UDM y se condecorase a 14 de sus miembros. Ya se sabe que en España es más corriente condecorar, proteger o emplear de tapadillo a torturadores de la Brigada Político-Social y de la Guardia Civil. Es, quizá, lo que tiene pasar de la defensa de la ruptura democrática (de esta sí hubo en Portugal) a la asunción de una reforma dirigida por cuadros franquistas bajo ruido de sables y supervisada, digamos, por Occidente.


En cualquier caso, es probable que más de un luso iluso y lo que quede de más de un iluso adolescente caigan en la cuenta de que, a un lado y otro de la frontera, se les fue robando un mes de abril tras otro para dejarles, a cambio, el espectro o la realidad de un capitalismo, llámenlo si quieren sociedad democrática de mercado, enjabonado o engrasado en su momento por eso que llaman socialdemocracia, en el que no es el pueblo quien más ordena.


8 de febrero de 2014

La esponja o la piedra pómez

En La vuelta al día en ochenta mundos Cortázar hace intervenir a Calac y Polanco, esos dos grandes cronopios que también se pasean por Último round, Territorios, Los autonautas de la cosmopista y, especialmente, 62/Modelo para armar. Calac, en consonancia con su nombre, que es un palíndromo, propone, como rechazo de lo sólito, de lo cerrado, de lo marcado o estatuido, actuar como esponja, no como piedra pómez. Polanco hace ver a su compañero que “eso lo hace todo poeta”. Y todo niño, añadiría yo. Ello consiste, creo, en pasar de la contemplación fruitiva, pasiva y circunstancial de lo excepcional de la experiencia artística a convertir lo cotidiano, la realidad si se quiere, en algo creado por todos, siguiendo el lema del Conde de Lautréamont, que Calac cita y que fue tan caro a los surrealistas: “La poesía debe ser hecha por todos”.

Improbable, utópico, si quieren, en una realidad que Cortázar califica de porosa. Parece, entonces, que los poros van estrechándose, embotándose, convirtiéndose cada vez más en los de la piedra pómez, que sirven, ya saben, para tapar poros, para limar asperezas, para limpiar o eliminar lo que no se quiere ver, lo que no se sabe sufrir.

Utópico, improbable... Pero no deja de ser una cuenta pendiente. Como no deja de ser, tampoco, una buena manera de homenajear a Cortázar en el año de su centenario.


4 de enero de 2014

Snowden, la hipocresía global y el Gran Hermano

Ahora que se multiplican las instancias a favor de Edward Snowden, en lo que parece una saludable aplicación de la máxima de “no matar al mensajero”, creo que conviene detenerse a reflexionar sobre lo que subyace en el supuesto escándalo.

Lo primero que se me viene a las mientes es que el mensaje de Snowden no es nuevo. La existencia de la red ECHELON es de sobras conocida, como bien sabe el Parlamento Europeo, por lo menos desde el primer estudio encargado por la STOA en 1997, titulado “Evaluación de las tecnologías de control político”. En este se asegura (cito por el resumen que se facilitó al Parlamento Europeo en 1998): “En Europa, todas las comunicaciones por correo electrónico, teléfono y fax se interceptan como cuestión de rutina por la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos”. Como las cosas de palacio van despacio, no es hasta septiembre de 2001 que el Parlamento Europeo decide oficialmente darse por enterado y constatar: “La existencia de un sistema de interceptación mundial de las comunicaciones, resultado de una cooperación entre los Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Precisa que éste se utiliza para interceptar comunicaciones privadas y económicas, y no con fines militares”.

So capa de luchar contra el terrorismo, es más que posible que, gracias al espionaje de la NSA, compañías europeas y no europeas pierdan sustanciosos negocios en favor de los dueños del Tío Sam, como les sucedió, a mediados de los 90, a Thompson-CSF, a Airbus y a la japonesa NEC. Sin embargo, lo más grave de todo esto no es que entre capitalistas se den zarpazos y se arrebaten el botín. En Europa, después de crear el sistema ENFOPOL y de rasgarse hipócritamente las vestiduras, se plantean más comisiones de investigación, incluso se ha invitado a Snowden, para certificar lo evidente: el amigo americano hace lo que le viene en gana, pues siempre ha sido partidario de la Doctrina Monroe y de la del Destino Manifiesto. O, en palabras de Glenn Greenwald a la UE: “El objetivo final de la NSA, junto con su más leal, podría decirse, socio menor subordinado a la agencia británica GCHQ - cuando se trata de la razón por la cual se está construyendo el sistema de la sospecha, de la vigilancia y el objetivo de este sistema - es nada menos que la eliminación de la privacidad de las personas en todo el mundo”.

Sin dudar de la honestidad del mensajero, pese a que el Gran Hermano parece, dicen, dispuesto a cerrarle boca, el Gran Hermano nos ha hecho llegar su mensaje: “Os vigilo”.

Ahora, sean ustedes felices, que acaba de empezar otro viejo año nuevo.

4 de diciembre de 2013

De Teobaldo Nieva a los escraches


Alejandro Sawa recuerda en Iluminaciones en la sombra al anarquista malagueño Teobaldo Nieva. Tras presentar la efímera aventura del periódico Las Escobas, que Nieva dirigía, redactaba, voceaba y repartía, como una prédica crítica del sistema que este toleraba, escribe: “Pero cátate que un día se le ocurre predicar contra los caseros la huelga de inquilinos, indicando los medios de que estos podían servirse para, al amparo de la ley, dejar incumplidos sus contratos, y entonces, por primera vez turbados y conturbados, se dieron cuenta los guardianes del Arca de que el enemigo estaba dentro de la fortaleza. Teobaldo conoció entonces la pesadilla eterna de los éxodos forzados, y la de la sed y la del hambre, que no debían desvanecerse ya nunca jamás en el transcurrir doloroso de su vida”.



Téngase en cuenta que, ya desde los albores de las organizaciones obreras, como en otros ámbitos, se entendió el periódico como uno de los principales medios que permitían estimular y concertar esfuerzos para el desarrollo de las mismas. En este contexto ha de situarse la participación de Nieva en publicaciones que surgen al amparo de la Federación Regional Española de la AIT, como La Federación, La Solidaridad o El Condenado. La cita de Sawa apunta, además, al paso de la teoría a la práctica o, si se prefiere, de las proclamas ideológicas a las propuestas de acción directa. Entre estas, algunas que estaban vinculadas más a las condiciones de vida que a las condiciones laborales, como la huelga de inquilinos.


Ahora, entrados ya en el siglo XXI, contemplamos con cierto estupor reivindicaciones y acciones semejantes, pues no cosa muy distinta significan las paralizaciones de desahucios y los escraches. Sin embargo, hay diferencias palmarias. Asumido, consciente o inconscientemente, el fin de las ideologías –las de la clase trabajadora, se entiende- o, en plan Fukuyama, el fin de la Historia, por parte de los trabajadores, los movimientos ciudadanos, sin referentes que los articulen o conecten con las raíces de los problemas que los provocan, están a merced de los guardianes del Arca de la llamada democracia liberal. Como en otros, para el caso que nos ocupa y ponemos de ejemplo, llámese huelga de inquilinos o lucha antidesahucios, los cancerberos del pensamiento único tienen las llaves del diluvio o de la caja de los truenos. Pregúntenle ustedes, por ejemplo, a Fernández Díaz.

27 de noviembre de 2013

Concertina

Si un musicómano oyese o leyese por vez primera que, en la valla de Melilla, el gobierno español pretende instalar concertinas, aplaudiría la medida. Nada mejor que disuadir al excluido de asomarse al paraíso, aunque este sea artificial o de cartón piedra, con una melodía.

Si el melómano tiene olfato para detectar el olor sulfúreo que van dejando a su paso las pisadas del capitalismo rampante, convendría en que vocablo y acción no esconden, por mucho que lo pretendan, una considerable dosis de sarcasmo ignominioso, pues en la música de vallado tal este se convierte en pentagrama y teclas de muerte, y el fuelle lo pone la piel de quien escala.

Si el diletante, además, es partidario de la justicia poética porque de la otra, la faraónica, no se fía, recordando a Lope de Vega diría al señorito Fernández Díaz: “Quien lo probó lo sabe. Sírvase vuesa merced subir al cercado a disfrutar de la deleitosa e inocua armonía de las cuchillas”.


("Orange and Blue" por Walter Dale. Con licencia CC BY-NC-SA)


24 de noviembre de 2013

Busto de Larra en Bailén. De románticos, liberales y revoluciones

      Los ojos de piedra parecen mirar hacia la bajada de Mayor o, más allá, hacia el Viaducto. Al otro lado queda la mole ciclópea de la catedral, indigna de que un romántico le preste atención, si por romántico entendemos algo más que la ñoñería.
      Larra no estuvo en las barricadas como Espronceda, pero sufrió en sus carnes lo que el poeta almendralejense consideraba característica de la época: “El espíritu mercantil, mezquino en su principio y siempre impulsado por el sórdido estímulo del interés”. Algo parecido escribía Bécquer dos décadas después en el monasterio de Veruela: “Este siglo positivista y burgués solo rinde culto al dios Dinero, y es su romanza preferida el sonido del oro acuñado”. Al poeta sevillano le hubiera causado algo más que estupor saber que el rostro que pintó su hermano figuraría en un billete de cien pesetas, y no precisamente en el dorso.
      Espronceda hubiera participado gustoso en los sucesos de la Vicalvarada, si la difteria no se le hubiese llevado antes. Bécquer tenía diciocho años entonces, cuando llegó a un Madrid convulso. El sevillano, que no tenía mucho de revolucionario, no fue testigo de unos sucesos que llevaron al linchamiento del jefe de policía y obligaron a la familia real a refugiarse en el Palacio de Oriente, pero su relato de los mismos, a los que califica de “última revolución romántica”, deja entrever, si no simpatía, sí un grado considerable de fascinación. 
      Aunque quienes hoy se proclaman liberales poco tienen que ver con los románticos, más de cien años después el espíritu mercantil impera con o sin disfraz. Sus valedores han decretado que no existe alternativa, que la mezquindad es altruismo y la explotación del hombre por el hombre encomiable emprendimiento.
      Si Larra levantara la cabeza, volvería la mirada, como su estatua, hacia el Viaducto.

30 de octubre de 2013

Cuando tenga sesenta y cuatro u ochenta y cuatro


De la fraternidad, de la honra civil
sé que nadie la siente ni nadie la derrama
si convierte el lenguaje en una jerga vil.

                                    Félix Grande


Me pregunto si, cuando tenga sesenta y cuatro años, seré ya una persona suficientemente mayor para añorar o execrar aquello que me perdí de las otras dos edades. Quizá no me importe, entonces, que la lengua sea, más que una especie de criatura, más que un ser poroso o permeable a los avances del progreso sin fin, un ente gaseoso, en el cual halle su burbuja, por ejemplo, una escultura de uñas que haya de cambiar de nombre porque el holograma o el chip sustituyan al gel.

Quizá, cuando tenga sesenta y cuatro o setenta y cuatro, sean mis huesos tan porosos que impidan a mi raciocinio admirarse o pasmarse del enorme e histórico adelanto que supondrá cruzar la línea sutil que lleva del hipermercado al ultramercado, o del sistema de pensiones al de prestaciones por posjubilación.

En cualquier caso, es probable que, al cumplir, ay, los ochenta y cuatro, entre tanta aceleración y desaceleración que se propaga o contagia de la economía a las cosas del comer, del pensar y aun del querer, la presbicia, aliada a la desmemoria, me lleve a desentenderme de averiguar si es por necesidad o por ornato que quien manda le dé, en las píldoras, las grageas, las cápsulas o los viales, otro nombre al flato.