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23 de septiembre de 2020

"Parturient montes"

Óyense gruñidos, bufidos, cacareos... La hacienda está revuelta. El monte crece y va ocultando los rayos de Febo. Hínchase como tripa de gorrino, como ubre de vaca plena de nutricia leche. Animal que se aventura por el bosque en la ladera escucha lastimeras y horrísonas voces. Arríscase por las peñas afiladas.

La zorra asoma por el gallinero, por la conejera. Sonríe y relámese. Y el monte fragoroso, flatulento, todo noche ya, todo sombra y averno, ábrese en dos como el de los Olivos y, si no alumbra, pare. Y aquiétase por fin.

Mas no fue, sepan vuesas mercedes, topillo ni rato, sino máquina infernal, cofre de acero con aquesta leyenda inscripta en mal castellano y peor vizcaíno: "Hidrogel alcohólico. 75%".


20 de julio de 2017

En los brazos de Circe


Los ve deambular ajenos a todo lo que no sea la pantalla que luce en sus manos. Los ve, embrujados por su circe de bolsillo, arrellanados sin contemplaciones en asientos de autobuses o trenes, atentos solo al sortilegio que los acerca, durante un rato, a la condición del puerco. Atrapados en la latencia entre recados efímeros que convierten en peripecias de una odisea inane. 

Los avisos de los mensajeros olímpicos se pierden en el viento.

18 de febrero de 2017

Espectros en Jauja

Tarareo “Un caballo llamado muerte” mientras regreso a casa. Ocupo una de las plazas del costado diestro de un 17, junto a una de las ventanillas. Al otro lado del cristal, los árboles de la Cuña Verde de Latina.

Corría el año 1979 cuando Miguel Ríos publicó la canción, que se haría más conocida gracias a Rock & Ríos. Pienso, entonces, que la droga estaba mitificada a finales de los setenta; por lo que canciones como la de Ríos eran más que necesarias. Sin embargo, se puede asegurar que en los noventa había suficiente información como para saber que la adicción era una decisión personal muy peligrosa.

El 17 se acerca a las instalaciones del Centro Deportivo Municipal Gallur. Mi memoria me trae, entonces, imágenes de mediados de los noventa. Imágenes de una tarde fría y brumosa. Volvía de El Rastro embebido en mis pensamientos. A la derecha, al otro lado del cristal, hoyos u hondonadas con hogueras de las que se alzaban figuras pálidas, demacradas, desgarbadas, jinetes del jaco. Un poco más allá, antes de llegar a los primeros edificios de la Vía Carpetana, otros espectros o zombis se acercaban a las chabolas del poblado de Jauja en busca de una chuta.

El autobús dejó atrás la parada de los monstruos, pero un estremecimiento atroz me decía que, en cierto modo, el regreso al refugio del hogar era ilusorio, pues no se está completamente a salvo del dolor o la locura de los otros. Además, la aflicción o la insania pueden rozarnos o tocarnos de lleno en cualquier momento.

Bajo en la parada cercana a Marcelino Castillo. Me gusta atravesar la plazoleta en que se yergue el ascensor del metro, escenario de algunas de mis historias. Las fotinias no han cambiado de color, pero oigo las voces arrasadas de los yonquis que entretienen su pasar charlando y consumiendo cerveza barata. Me pregunto si alguno es un superviviente de la cuerda de fantasmas de Jauja.

Estoy ya en casa, pero el torbellino del tiempo me quita las ganas de comer.

12 de febrero de 2017

Regresión

Cuando uno se pone a recordar, el caprichoso juego de la memoria empuja a veces a buscar un lugar sin lugar que no sea un hueco o un vacío ni, tampoco, una fotografía móvil en que los colores luzcan más o menos vivos de lo que fueron.

Entonces, en un recoveco, es un decir, puede toparse uno con la nostalgia de lo que no fue consciente y de cuya existencia, por tanto, puede dudarse o, cuando menos, anotarse en la cuenta de la ficción.

Con estas premisas, digo que he sentido o he soñado con el calor que me llegaba por el cordón umbilical. El espacio que no ocupaba mi feto, alumbra para que vea mejor, permitía apreciar la sonrisa, leve como ala de pajarillo, de la criatura que sería, más adelante, arrojada al mundo.

31 de julio de 2016

Regreso a la España dantesca



Donde el sol calla, la voz guía del poeta mantuano se pierde entre los gritos de los réprobos. El frío intenso le hace olvidar que le roen los zancajos las tres bestias. En la Antenora, Ugolino farfulla su historia mientras traga con dificultad un bocado de la cabeza de Ruggieri:


-España es una gran nación. Y los españoles, muy españoles y mucho españoles.

19 de junio de 2016

El otro abuelo

            Entra por la ventana un júbilo de aves en algarabía, con el que se mezclan las voces infantiles que van apurando la tarde a medida que la luz remite.
            En los estertores de la luz, el padre traza sobre el papel extendido las últimas líneas del plano que, en el taller, se transformará en un armario, en una mesa o, quizá, en una cómoda.
            La madre tararea una canción de Françoise Hardy cuya melodía le llega al vuelo por los batientes abiertos, mientras monda patatas para el planeta o la estrella, luna o sol, que, en forma de tortilla, servirá de cena. Se pregunta por qué tarda Quico, pues hace un rato lo ha visto recogiendo, al fondo del patio, canicas e indios.
            El timbre suena unos minutos después. Quico atraviesa acezante el umbral sin hacer caso del padre, que le ha franqueado la puerta. Desde el comedor convoca a gritos a sus progenitores:
            -¡Mamá! ¡Papá!
            Los padres acuden preocupados. Ven a Quico retorciéndose las manos, presa de una emoción inusitada.
            -¿Te ocurre algo, Quico? –pregunta la madre.
            -¿Lo habéis oído? No me digáis que no: se ha tenido que sentir en todo el barrio...
            -Cálmate, Quico –le recomienda el padre-. ¿Qué es lo que hemos tenido que oír?
            -¡La explosión! 
            -¿Una explosión? ¿Dónde? –inquiere la madre.
            -Enfrente, en los desmontes...
            -Te he dicho mil veces que no cruces nunca hacia allí –le reprocha la madre.
            -¡Si no he cruzado!
            -Habrá sido un obús de la guerra. Esto fue zona de trincheras –dice el padre.
            -¿Una guerra? ¿Qué guerra? –pregunta, encandilado por la sorpresa, el niño.
            -La guerra en que mataron al abuelo –responde con dureza el padre.
            -Pero si el abuelo no hace dos semanas que estaba en el pueblo...
           Un silencio tenso se apodera de las gargantas de los padres, hasta que la voz cantarina de Quico, que ha caído en la cuenta, lo rompe:
            -¡Ah! El otro abuelo...
        -¿No os hablan nunca en la escuela de ello? –pregunta el padre con labios temblorosos-. Anda, trae el libro.
            Después de leer las líneas que le indica el padre, el niño interroga:
            -¿Lo mató Franco o lo asesinaron los rojos?
         La madre corre a la cocina: se está quemando el aceite en la sartén. Ya no se oye cantar a los pájaros.

12 de mayo de 2016

La criatura de la plazoleta


      Fue, al comienzo, un bisbiseo o un zumbido. Quizá, un crujido, pues no hubo acuerdo que convenciera a los cronistas más escrupulosos en tiempos durante los cuales la memoria se ofrecía en almoneda al capricho o al oro, o se malbarataba en relatos cuya ficción sobrepujaba a la verdad o a su búsqueda. En cualquier caso, el fenómeno pasó desapercibido aun para los oídos más aguzados, carentes de la atención y la voluntad necesarias para que su acuidad no fuera distraída o secuestrada por la plétora de estímulos, muchas veces inanes, muchas veces engañosos, que acompañaban la marcha arrolladora de lo que todavía se seguía llamando progreso, al que los más osados, los más suspicaces y los más delirantes coincidieron en culpar, aunque por motivos diferentes.

      Al alba de un día de primavera, un cachorro de labrador, horro de la cadena que agitaba abstraída su ama, después de hacerle fiestas a un señor cuya prisa por llegar al trabajo le impidió ofrecer al perro otra cosa que una sonrisa para premiar su invitación al juego, corrió bullicioso hacia uno de los cuadros de fotinias, atraído por un olor nuevo. La mala fortuna quiso que el pañuelo rojo que cubría su cuello se enganchase en el cerco que protegía las plantas, de manera que sus ladridos estorbaron que los sollozos provenientes de uno de los arbustos fuesen oídos por la dueña.

      Hacia finales de junio era un llanto intermitente que ocultaban de día los rumores o el ajetreo de la rutina o, de vez en cuando, los cánticos y prédicas de un grupo de evangélicos. De noche, hasta la madrugada, a la que no resistían las voces estragadas de los yonquis si se había agotado su provisión de cerveza barata, el llanto hubiera podido percibirse con claridad por quien estuviese despierto, gracias a la reverberación que se producía en la plazoleta. Pero el doble acristalamiento de muchas ventanas del vecindario y la tardanza de los rigores del estío hicieron imposible que los insomnes lo escuchasen.

      Ahora que el lector, si se había sentido intrigado por el comienzo o alguno de los pormenores o, simplemente, picado por la curiosidad, espera un indicio o un atisbo que lo encamine a la develación del meollo de esta historia, a riesgo de ahuyentarlo o impacientarlo con otra dilación, es necesario que considere si la mejor manera de entender un enigma que implica de alguna forma la condición humana es limar las aristas del discurso, transitar por el sendero más recto, sea este fruto de la imaginación o de la realidad, cuando, como es el caso, las autoridades utilizaron toda clase de maniobras interesadas para escamotear los hechos o enterrarlos en el olvido.

       En plena canícula, la presencia de la criatura, homúnculo para los más cultos y los más pedantes, pigmeo para los más desavisados y los más improvisadores, mandrágora para los seguidores de Harry Potter y los aficionados al ocultismo, liliputiense para los lectores de Swift y otros con aire de orate, desestimada su calidad de robot experimental por lo que luego se leerá, hubiera sido evidente durante la noche hasta para los tímpanos más duros, si los gemidos, casi estridores, que surgían de las rosáceas no hubiesen sido confundidos con los maullidos de una gata en celo.

      Tuvo que ser la pelota de uno de los niños que ocupaban habitualmente las tardes de ocio veraniego en emular las hazañas de La Roja, la de España, no la de Chile, y molestar a los que, no disfrutando de vacaciones, prolongaban la merecida siesta en los pisos cercanos a la vieja mercería cuyo oxidado cierre servía de portería, la causa del descubrimiento del ser. La trayectoria del esférico fue desviada por un hábil despeje del cancerbero hacia los troncos de las fotinias. Se oyó, entonces, por encima de las voces de triunfo, el gemido o el maullido.

    -¡Hostia! ¡Un muñeco que habla! –exclamó el chico que, estando más cerca, corrió a recuperar la pelota.
      -Es una muñeca, tú –dijo otro.
      -¡Yo quiero una igual! –gritó una de las dos chicas del grupo.
      -¡Pero si es muy fea! –aseguró la otra chica.
     -No es una muñeca, tontos, es... ¿Qué es eso? ¡No se os ocurra tocarlo! Está muy sucia esa... cosa. Igual os muerde –advirtió otro.

      La intervención de curiosos, convecinos y familiares de los niños añadió barullo al revuelo. Unos vieron un monstruo o un diablo; otros, un marciano. Quién más, quién menos, todos convinieron en que la madre del primer chico debía reprender a su retoño por la palabrota, si no tenía a mano guindilla o si esta le parecía un castigo demasiado severo. A pesar del miedo a lo desconocido, muchos no desaprovecharon la ocasión de fotografiarse cerca de la criatura, para lo cual fue preciso apartar algunas ramas y desmochar algún ejemplar, en una sana, aunque improvisada, colaboración con la necesaria poda de estas plantas, fuera aquello extraterrestre, demonio o ser espantable de dudoso género o sexo, cuestión disputada con ardor por integrantes del círculo de feminismos del barrio, algunas de las cuales estaban dispuestas a prohijarla o prohijarlo, sobre todo si no mordía, y a debatir en asamblea el asunto.

      La viejecita que daba de comer a las cotorras, las palomas, los mirlos y, en fin, los humildes gorriones se había quedado sin la acostumbrada provisión de pan con que, a modo de gollería, regalaba el pico de las aves. Sin embargo, no le parecía que, ni aun remojadas, las migas de pan duro fueran apropiadas para saciar el lógico apetito de esa otra avecilla de Dios. Camino del supermercado dudaba entre unas lonchas de mortadela, algo de fruta, un litro de leche semidesnatada o unas buenas chucherías. Abrumada por la indecisión, llegó a la tienda a tiempo de pegar la hebra con una comadre que encontró y le faltó para desmenuzar los detalles del acontecimiento del día. De esta manera, ni una ni otra fueron testigos del alboroto cuya intensidad fue creciendo a medida que se sumaban curiosos a los corrillos reunidos en la plazoleta.

      El alboroto estuvo a pique de convertirse en tumulto cuando a una pareja de desaprensivos le dio por vaciar sobre la criatura una botella de agua con el fin de, decía uno, aliviar el calor que, como todos los presentes, debía estar pasando aquel ser, mientras el otro aprovechaba, móvil en ristre, para inmortalizar la hazaña en un vídeo que, en pocos minutos, se propagó como la pólvora por las redes sociales. La víctima profirió un berrido pavoroso que fue causa de más de una taquicardia. Trató de refugiarse entre las ramas que le habían dado cobijo, pero parte de su cuerpo estaba anclado en la tierra, como si hubiera echado raíces junto a las de uno de los troncos.

      Un agente de policía que hacía la ronda dio aviso a la comisaría, desde la cual, tras unos minutos de estupor, se le conminó a alejar o, al menos, contener a la gente, mientras aguardaban instrucciones de la superioridad. Estas no tardaron en llegar: aunque se consideraba que los acontecimientos eran probablemente producto de una superchería, lo más adecuado y urgente sería proceder a acordonar la zona como él y su compañero mejor pudieran, en tanto se buscaba la manera de enviar algunos efectivos de retén que no estuviesen ocupados en reforzar la seguridad en una tarde de locos con varios altercados y, sobre todo, una manifestación multitudinaria que colapsaba el centro de la ciudad.

      -Pues estamos aviados –acertó a decir el agente.

     Las novedades fatigan. Cayó la noche y, con ella, la expectación. A los policías, secundados por unos individuos del CNI interesados en averiguar el paradero de los autores del vídeo, no les fue difícil mantener el orden y disuadir, de paso, a un equipo de la televisión local a la caza de una serpiente de verano que cubriera los huecos de la programación. Hubieran cazado aire, pues la consigna decretada por el alto mando era el silencio, hasta que el comité de expertos reunidos para la ocasión recomendase otra medida. Los servicios secretos se encargarían de que el silencio fuera completo intimidando a los testigos que pudieron identificar y requisando toda prueba para hacerla desaparecer.

      Eladio no tenía que estar allí. Pese a que le habían dado de alta tres días atrás, aún no se había restablecido, ya que seguía viendo amenazas y peligros en cada esquina. Le habían asegurado que el servicio, aparte de necesario para dar descanso a los miembros de la unidad que habían intervenido en la manifestación, iba a ser rutinario, con menos riesgo que usar la fotocopiadora o el fax en la oficina. Aquella cosa, fuera lo que fuera, le repugnaba y amedrentaba. Sin embargo, su misma aprensión acicateaba su curiosidad. Se había mantenido a distancia de la criatura, pero, llegada la mañana, asumió la vigilancia del sujeto mientras otros compañeros iban a desayunar.

      Sobre lo que ocurrió después, analistas, politólogos y tertulianos de toda laya ofrecen conjeturas basadas fundamentalmente en el testimonio de oscuras e innominables fuentes y, en especial, el discutido y discutible de Eladio, al que cualquiera que le sea permitido visitar al expolicía en la institución psiquiátrica en que permanece confinado puede tener acceso, si es capaz de soportar con paciencia y caridad los excesos a que lo arrastra su proverbial logorrea.

      Eladio vio cómo aquel ser lo miraba con fijeza y con una mueca indescifrable. A la mueca siguió un gruñido como de fiera, tras el cual la criatura adelantó el torso y alzó con violencia los muñones o como quiera que pueda llamarse a lo que parecían brazos. El agente creyó que el bicho pretendía abandonar su arraigo y saltar sobre él. Eladio desenfundó su H&K y vació el cargador sin pestañear.

      Quien, de amanecida, atraviesa la plazoleta para tomar el ascensor del metro quizá haya reparado alguna vez en el extraño comportamiento de un labrador añoso que siempre da dos vueltas alrededor del mismo cuadro de fotinias, el único que sus orines respetan, antes de pararse un momento a suspirar.



15 de enero de 2016

Si un niño mirase

Si un niño mirase, cerca del banco, hacia arriba, vería la corteza oscura y los brazos de las ramas amputados, aquí y allá, por el desorden de muñones de una mala poda. Vería el nido desamparado en el que aún se distinguen, entre los palos, hojas secas, borra o hilos y plumón contra el cielo gris.

Aunque le gustaba leer bajo aquella robinia, el árbol más viejo de la plazoleta y el único respetado por la última remodelación municipal, hasta la llegada mañanera de los yonquis, cerró y dobló el periódico, ajustó la bufanda hasta ocultar bien la barbilla y se levantó con dificultad, temblando un poco sobre las piernas ateridas y el bastón. El invierno, que había tardado en llegar, amenazaba ese día con su crudeza, razón suficiente para adelantar la hora del segundo cafelito y la visita a la panadería.

Tras el ventanal empañado del bar de la esquina observaba al okupa que le pedía siempre el díario llenar botellas y garrafas de plástico en la fuente, y a vecinos y extraños atravesar encogidos la plazoleta. Era como si la vida misma se agachase o se contrajese por un pálpito de muerte. Pensó qué sería del niño si su hermana, su madre o su abuela no lo arroparan. Entonces, un golpe de viento sacudió el árbol. Le pareció que el tremor se prolongaba y que la vieja robinia, pobre, gemía.

Si un niño mirase, cerca del banco, la robinia envuelta a medias en mantas y, al pie de esta, la escalera caída y rota en flaco remedo de un árbol tronchado, vería el cuerpo de ese señor de negro que siempre leía a la sombra y que ya no le podría preguntar con su boca arrugada si sabía lo que es el pan y quesito.

30 de diciembre de 2015

Invierno

Se acerca con flaco andar, lleno de fatigas y cuidados, como cayado de mimbre que con poca carga se doblega. Al término de la cuesta, siguiendo las verjas que ocultan a los ojos la opulencia de quienes tras ellas viven, ha de llegar a la ancha travesía que, a mano izquierda, la conducirá a las puertas de la residencia. Allí pregunta por Manuel y le dan señas, breves pero precisas, para guiarse por el laberinto de pasillos.

La sala, espaciosa, está ocupada por dos enfermeras y una treintena de ancianos, sentados en butacas o en sillas de ruedas, que aguardan la hora de la comida. Al fondo, junto a dos hombres que juegan un parsimonioso dominó sobre un costado de la larga mesa, divisa a Manuel. Los casi dos metros encorvados de su hermano, mi pequeño, apenas mueven la cabeza cuya mirada parece extraviada en un punto indeterminado del tablero.

Los ojos se liberan de la sombra con lentitud cuando ella refrena su congoja, le aprieta con suavidad un brazo, lo besa y lo llama. ¿Sabes quién soy, hermano? Tarda en responder, en salir de la posada de sus pensamientos. Lucía, balbuce. Afuera hace frío. ¿Cómo sabías que estaba aquí? ¿Has visto ya la habitación donde duermo? No, tonto, tú duermes en tu casa. Afuera hace frío.

24 de diciembre de 2015

Batracomiomaquia



Charlean las ranas en la charca reclamando un escuerzo o un gran sapo como rey. Chillan ratones de larga cola para ser la gran rata peluda y enseñan los dientes afilados a los batracios.

Los dioses dudan entre enviar un leño más grande o formar escuadrones de cangrejos para acabar con el sinvivir de hocicos, pezuñas, lenguas protráctiles y membranas diversas a la rebatiña. Por si acaso, preparan, en silencio, a la serpiente.

9 de octubre de 2015

No te va a doler

Cuando empezó a sonar la alarma tardó un poco en localizar su origen. Los furgones con gente armada estaban demasiado lejos, así como la muchedumbre silenciosa que lo miraba con una mezcla de curiosidad y expectación tras las vallas que la separaban de él y de las autoridades que unos minutos antes ocupaban el estrado situado en el centro del recinto que se había improvisado sobre la explanada.

La cara del señor de oscuro que le había palmeado la espalda antes de marcharse, protegido por una nutrida escolta, hacia el único sector despejado, donde aguardaban, probablemente con los motores encendidos, varias limusinas, y había asegurado ante los micrófonos que su gesta, o su gesto (no lo entendió bien), su sacrificio, no lo convertían en héroe, pero sí en un ejemplo beneficioso para él mismo, su familia, la comunidad y, en fin, el país, le resultaba familiar: pelo teñido que ya raleaba, gafas de montura metálica que no lograban esconder un ligero estrabismo, barba corta y cana. Una vida desperdiciada en el enfrentamiento a la democracia, el sistema y la ley y, por tanto, a la estabilidad, la prosperidad y, en fin, el bien común podía redimirse, como iba a mostrar su sacrificio, su gesto, o su gesta, añadió y repitió el señor de oscuro, que se había hecho un lío con los papeles en que llevaba escrito el discurso.

Después de que una niña le entregase un ramo de flores y lo besase con lágrimas en los ojos, oyó que le pedían que mirase hacia las cámaras. Entonces comprendió que el zumbido, cuyo tempo se fue acelerando a la par que el volumen se intensificaba, provenía de su estómago, justo debajo de la cicatriz que señalaba el lugar por donde le habían introducido el artefacto. Le dijeron que no le iba a doler, que todo acabaría en un instante, pero la comezón de la costura era algo difícil de sufrir.


26 de septiembre de 2015

Semejante bicho

      Le despertó de nuevo el zureo. Los aletazos lo lanzaron hacia la ventana de la buhardilla con lo primero a que se aferró su mano después de arrojar a la tarima sábanas y colcha, calzar las zapatillas y golpearse contra el quicio de la puerta. Vació el insecticida sin mirar. Las muy malditas habían vuelto a anidar al amparo del tejadillo y habían dejado su huella inmunda de deyecciones y plumas. Probablemente volverían.
      Nunca había comprendido cómo se le había ocurrido a nadie sensato y devoto encarnar en semejante bicho el Santo Espíritu del Señor o, siquiera, la paz. Solo toleraba la idea de que existieran las mensajeras, por su utilidad, y las de los ilusionistas, cuya animalidad había sido sublimada en favor del espectáculo o, si se prefiere, del arte.
      Cuando regresó de la oficina, donde se dio el gusto de entregar en persona el finiquito a los cabecillas que más se habían significado durante la última huelga, vio a la vieja barbuda amasar mendrugos con sus sucias manos sarmentosas, rodeada de palomas. Iba a pasar de largo, pero la vieja se alzó mansa y pesadamente ante él, cortándole el camino.
      -Señor: algo para las pobrecitas palomas –le rogó.
      -Haga el favor de dejarme en paz, señora –respondió.
      La vieja lo asió suavemente de una manga y fijó en él uno de sus pitañosos ojos:
      -¿No son preciosas estas criaturitas de Dios? –le dijo.
     Se zafó de la garra y empujó a la anciana, que rodó sobre los restos de pan hasta el arriate espantando a las aves. Se dirigió sin volverse hacia el aparcamiento y sintió, de pronto, los aletazos y los graznidos por encima de su cabeza. La loca carrera lo llevó exhausto, cubierto de palomina y asaeteado por los picotazos, a su automóvil. 

6 de agosto de 2015

Un hombre siniestro

Allí estaba, como muchos días, incrustado en su Armani, pululando por los despachos de tenientes y concejales. Era un individuo estirado y siniestro, de sonrisa escueta y amarga, como si en su infancia, en lugar de leche, le hubieran dado de mamar vitriolo.

Me repugnaban su presencia y sus maneras, frías como sus manos. Por eso no puedo perdonar el descuido torpe y fatal de mi secretaria, que le franqueó el paso a mi oficina con la excusa de una audiencia que se debía de haber traspapelado en la agenda.

Inclinó su cuerpo, que parecía acumular la sombra a su alrededor, se despojó de las gafas de sol y apoyó los puños en el tablero de la mesa, cerca de la foto enmarcada de mi señora. Su mirada proterva me atravesó. Parecía un encantador de serpientes. Enmudecí. Me dijo que me ofrecía una oportunidad única para el pueblo y, sobre todo, para mí.

Como por arte de magia, unos papeles saltaron de su cartera a mis manos. Firmé, hipnotizado.

5 de agosto de 2015

Causa perdida

Fue uno de los más fervientes partidarios de la Junta entre los pelaires de Toledo. Cabalgó a la caza del bisonte por las llanuras que baña el Arkansas junto a sus hermanos kiowas. Alentó a los camaradas del Potemkin a ayudar a los huelguistas de Odesa. Nunca le podrían arrebatar esto, aunque le dijeran una y otra vez que la suya era una causa perdida. 

Cuando los guardias fueron a la celda para conducirlo al juzgado, lo encontraron dormido con una sonrisa en los labios.




9 de julio de 2015

Sombras le avisaron

De los mentideros le llegaban apremiantes murmurios que achacó primero a maledicencia de mestureros y a la envidia que su buena estrella y su verba florida e hiriente provocaban. Luego sombras le avisaron sobre la oportunidad de no airear demasiado los pendones morados ni pasear tan a menudo por plazas, ferias y saraos a los dragones exhaustos, pues de su boca se iban cayendo, con tintineo de blanca mordida o ardite, las diatribas contra el tirano y los usureros.

Entre sus mesnadas, hubo quien se atrevió, sin miedo al anatema, a recomendarle hallar aliados y valedores fuera del círculo de sus devotos, entre los proscritos de sierras y bosques. Pero se acogió a los consejos de letrados, nigromantes y arbitristas de su guardia.

En el torneo, tras romper cañas y lanzas y ser descabalgado, tuvo que mesarse las barbas y estrechar la mano del pretendiente, hijo bastardo del tirano.

5 de mayo de 2015

Retablo


Arremetió contra los títeres que cabalgaban en tropel por el retablo al son de dulzainas y atabales imaginarios o fingidos; mas salvo quedó el titerero, cuyas lágrimas reptiles brotaban solo del ojo descubierto, mientras que el otro ocultaba su regocijo bajo el parche, atento al próximo cobro de las costas que le permitirían seguir con la farsa.

12 de marzo de 2015

Elixir

Unos decían que las reservas de néctar, siempre escaso, se habían agotado. Otros seguían atribuyendo la escasez a la especulación necesaria para convertir el preciado licor en un producto al alcance solo de la élite que había sustituido a los dioses no tanto por estar hechos a su imagen y semejanza, ni siquiera por haber sido señalados por un rayo o un dedo de aquellos, ni por ser los mejores, sino por su demostrada habilidad para explotar a los demás.

En cualquier caso, dado que no todos los cuerpos estaban hechos a la medida del néctar, sea por genética, sea por azar puro y duro, y que las bebidas espiritosas y, en verdad, el alcohol en general, no estaban de moda o se había proscrito su consumo, se hacía justo, necesario y urgente hallar la bebida salutífera que identificase al común en un solo todo y simbolizara, además, los aires de regeneración democrática que movían los jóvenes líderes, más allá del agua, la leche, las gaseosas, los refrescos y la variedad de infusiones que inundaban el mercado.

Descartadas, también, la zarzaparrilla, el agua de cebada y la horchata, menjurjes obsoletos que arrastraban la rémora paralizadora de la nostalgia, aunque no fueran de derechas ni de izquierdas, un avezado ingeniero y una animosa bióloga dieron con el anhelado remedio, que pronto demostró sus virtudes en un sinfín de pruebas de sabor y recibió el espaldarazo popular en un sonado refrendo que colapsó por días internet.

Fabricar y embotellar el elixir en el plazo más breve, a un precio razonable y con el debido respeto del medio ambiente fue un logro más sencillo de lo previsto, gracias a la inestimable colaboración de un grupo de empresarios imbuidos por la esperanza de la gente e interesados en contribuir al bienestar social.

Así que él, uno más entre el noventa y nueve por ciento, ayudó, aportando su granito de arena y de ilusión, a agotar la primera remesa que llegó al supermercado. Colocó la botella con suavidad en una de las bandejas del frigorífico y esperó la llegada de su compañera y de los niños para celebrar la buena nueva. Abrieron la botella de elixir a los postres y, embargados por la emoción, bebieron sorbo a sorbo, con delicada morosidad y delectación, el líquido mirífico, sin percibir apenas el gusto a lo que algún antiguo rencoroso llamaría agua de borrajas o cerrajas o, simple y llanamente, aguachirle.

11 de enero de 2015

Cagar tinta

Sabía que Emilio Ortega era capaz de recurrir a la violencia, si lo consideraba necesario. Esta era uno de los puntales de su poder y de ella se servía para mantener su influencia en la CEOE, aunque fuera en la sombra. Pero no creyó que su crueldad fuera tanta hasta que hizo una señal a sus esbirros, que lo ataron de pies y manos al sillón, le sujetaron la cabeza con una cincha y le colocaron un abrebocas odontológico.

Por el rabillo del ojo vio aterrorizado que uno de los esbirros se acercaba con un embudo y el otro, con un bidón cuya tapadera empezó a desenroscar, mientras, a sus espaldas, oía la voz nasal de Ortega:

-Háganlo despacio, caballeros, no sea que se ahogue.

Ortega le puso una mano sobre el hombro izquierdo y le dijo:

-No te quejarás, Ricardito. Genuina de la China.

Hacía mucho tiempo que Ricardo Ramírez había dejado de ser honesto y había puesto su rigor profesional al servicio del mejor postor. Esto le facilitó ascender en su carrera de periodista, hasta el punto de convertirse no solo en una estrella de las tertulias televisivas, sino en un líder de opinión muy influyente y, también, muy persuasivo. Por eso se le llamó desde Presidencia, que pretendía atajar el declive del Partido mediante una jugada que debía resultar ejemplarizante: dar una muestra eficaz de defensa de la transparencia, de la que tanto alardeaban infructuosamente. Para ello, tenían que sacrificar ante la opinión pública a uno de sus miembros más importantes, pero, también, a un representante del poder económico, pues no hay corruptos sin corruptores.

De acuerdo con Emilio Ortega, Ramírez fue elegido para filtrar los datos necesarios y montar la campaña. La excusa, por otra parte cierta, fue un chanchullo de Ortega con las mafias rusas, en la que se implicó a un ministro.

-Lo de los rusos formaba parte del trato, Ricardito. Pero te has pasado sacando a la luz, digamos, las debilidades de mi hija Claudia. La familia no se toca. No te lo perdono –le espetó Ortega.

-Pero, don Emilio, eso tiene fácil solución: me retracto en público –suplicó Ramírez.

-Es tarde, Ricardito. Lo que te voy a hacer es nada comparado con lo que te haga Uralov, que te la tiene jurada. Conmigo, simplemente, vas a cagar tinta –aseguró Ortega antes de hacer la señal convenida a los gorilas.


3 de enero de 2015

Muñeco de nieve

Cuando la nevada pasó de ser discreta a copiosa, a Toño se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Refrenó a duras penas el impulso de dar saltos por la exigua vivienda porque abuela estaba enferma. Arrimó el rostro embarrado de legañas y mocos al sucio cristal de la única ventana desde la que se podía ver la calle. Allí estuvo cerca de dos horas, absorto, trazando el plan, hasta que un quejido de abuela le recordó que debía administrarle el jarabe. 

De camino a la panadería comprobó que los niños se habían reunido en el parquecillo. Vio con satisfacción que acumulaban en vano nieve para hacer un muñeco. Pero fue descubierto por Tito y lo convirtieron pronto en blanco de un furioso lanzamiento de bolas y alguna que otra piedra. 

No dejó de nevar en todo el día. Llegada la noche, Toño sintió que debía aprovechar la oportunidad. Abuela estaba profundamente dormida y la calle desierta. Le costó llegar al parquecillo, pues sus pies mal calzados se hundían a cada paso. Pensó que el mejor lugar era junto a la fuente helada. Allí todos lo verían en seguida. Empezó a amontonar la nieve procurando dejar un hueco en medio del bulto. Cuando este superó su estatura se introdujo en él y tapó con cuidado el orificio por encima de su cabeza. Solo había que esperar a que la nevada hiciese el resto y aguantar el frío. 

La primera en descubrir el muñeco fue Fina. Fue la primera, también, en sobreponerse a su asombro y dirigir la operación de modelado. Dos piedras sirvieron de ojos y alguien, quizá Samuel, halló una bufanda cubierta de nieve junto a la pileta. 

-A este muñeco le falta algo –aseguró Tito. 

Rematada la labor con una zanahoria y unos botones que Fina trajo de su casa, los niños sonrieron complacidos y orgullosos antes de ponerse a correr y cantar alrededor de la figura, sin imaginar, todavía, que el imbécil de Toño, el bobo, hubiera sido capaz de hacer algo así.


18 de noviembre de 2014

Divirtiéndose con la ecología

Me asomo a este hijo abandonado para mostrarle dos hermanitos que han nacido en otra parte. Sé que está acostumbrado a estos trajines y al abandono mismo. Son aquellos dos criaturas rozagantes, aunque algo traviesas y torpes, fruto paradójico del capricho y de la obligación. 

Han tenido buena acogida allí donde nacieron, así que no es absurdo pensar que se sentirán cómodos en esta casa y que harán sonreír a quienes los oigan y los vean, sobre todo a aquellos a los que les interese la ecología.

El primero es un podcast en el que, aparte de mi voz y de algunos efectos creados con un secuenciador, se han utilizado algunos audios del banco del CNICE alojados en la Mediateca de EducaMadrid y publicados con licencia Creative Commons BY-NC-SA, que se detallan después.


Mediateca EducaMadrid

Audios del CNICE utilizados:
  • "Ambiente de atasco de tráfico en una ciudad".
  • "Bisagra al abrir una ventana".
  • "Bisagras de casa de suspense".
  • "Claxon de un coche en una ciudad".
  • "Ladrido de un perro pequeño 01".
  • "Llanto de un bebé".
  • "Martillo neumático (obra)".
  • "Pasada de coche con música".
  • "Subida del cierre metálico de un local (grande)".

El segundo, es este vídeo: