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8 de julio de 2026

37º o el temblor

La torre de los sueños, el abatido faro
donde, por aquel tiempo, proyectábamos
castillos que la mar respetaría
¿en qué han parado sino en el temblor?
                    ---------
Entre estos intervalos de esplendor
se deslizaba el tiempo como un buque
con las luces cegadas. el gobernalle roto
y una leve modorra en el pasaje
que en vano interrogaba a la marinería
por el dudoso muelle del atraque final.

Antonio Martínez Sarrión.

Aunque acabo de mirar la información de temperatura en el portátil, el título es, también, el de una canción de Radio Futura. Hay algo más de un montón de huesos con algo de pellejo alrededor enfrentado a la página, hay algo más de una musiquilla inane cuyas notas resbalan, como el sudor, por la pendiente, hecha piel o corteza, del tedio o de la acedía.

Qué importan himnos sin letra ni maldecir entre dientes a manes, lares o penates, patricios o plebeyos. Algarabía, murmullo o silencio nada pueden contra la derrota o la deriva del buque, si en las escalas el sufrimiento sofoca el esplendor.

Hay, antes que un cadáver desnudo o amortajado, este temblor.

30 de septiembre de 2017

Acción y contemplación: Corto Maltés y Bernardo Soares



Los Dioses, si son justos en su injusticia, nos conserven todavía los sueños cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños, aunque sean bajos.

                                                                                                                          (Fernando Pessoa)


En Corte sconta detta arcana (en castellano, Corto en Siberia), Corto Maltés toma un té en el hogar de Vida Larga en Hong Kong y recuerda a Boca Dorada hablándole de la existencia, en su casa de Venecia, la misma en que se hallan, de una puerta que le había permitido viajar en el tiempo “como en un cuento”. Entonces, Corto dijo: “Sería bonito vivir un cuento”. Puede sorprender este deseo en boca de un aventurero que, siendo niño, se dibujó en la mano la línea de la fortuna con la navaja de afeitar de su padre y que, lanzado al mundo, conoció a Jack London, a Butch Cassidy y Sundance Kid, a Stalin, a John Reed.

No le faltan aventuras a este personaje de cuento o de novela, por lo que solo cabe pensar en un anhelo distinto: viajar al futuro y encontrar el destino que no puede leer en la cicatriz que trazó el filo de la navaja o volver al pasado. En uno u otro caso puede pesar la añoranza de Pandora Groovesmore.


En Lisboa, caminando por el Largo Conde-Barão en sentido inverso al del transporte de Corto, nos encontramos la House of Corto Maltese. Pero la puerta estaba cerrada, así que no pudimos averiguar qué clase de viaje espera al otro lado. Como estabas leyendo el Libro del desasosiego, se me ocurre ahora que, siguiendo por el Largo hasta la Rua do Arsenal, se llega a la Praça do Comércio. Hay que reconocer que la vista del Tajo desde el Terreiro do Paço invita a navegar, aunque sea con la imaginación.


Sentado en el Martihno da Arcada, ante un plato de huevos revueltos con queso, Pessoa concibió y anotó, quizá, algunas líneas que, luego, atribuyó a su Bernardo Soares. Soares es, en cierta medida, un reverso de Corto Maltés: no un hombre de acción, sino de contemplación. Sin embargo, en el Libro del desasosiego escribe: “Me encuentro descrito (en parte) en varias novelas, como protagonista de varios enredos; pero lo esencial de mi vida, lo mismo que de mi alma, es no ser nunca protagonista”. Hay en el personaje, me parece, mucho de atracción por la realidad que rechaza y en la que no encuentra lugar y que pretende sustituir por lo que llama sueños. Entre estos sueños están los del arte; sin embargo, pese a encontrar en el arte mayor realidad que en la vida (“Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por las calles”, escribe), la sustitución no es posible y esto le produce dolor: “Hay criaturas que sufren realmente porque no han podido vivir en la vida real como el Sr. Picwick y estrechar la mano al Sr. Wardle. Soy uno de esos”.

Corto Maltés, personaje de novela o de cuento, quiere, tal vez, protagonizar una historia distinta a la que le ha tocado en suerte: cuidar, por ejemplo, de los hijos de Pandora. Bernardo Soares, trasunto, según dicen algunos, de Pessoa, quiere ser protagonista de un cuento. Dos caras de una moneda imaginaria.

11 de mayo de 2017

La Revolución Francesa, los liberales y un libro de Francisco Casavella



En Lo que sé de los vampiros, Francisco Casavella introduce a Martín de Viloalle, el protagonista, en el ambiente de la Revolución Francesa. Viloalle conoce a Baptiste Rivette, periodista al servicio del conde de Mirabeau. Una de las páginas memorables de la novela atribuye a Rivette las siguientes palabras:

      He aquí los pasos necesarios de la degradación:
     Al tono de fineza que compromete sucede el tono de fineza que se recata. Y esta cede sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación.

Salgo de mi oscura circunspección para imaginar a Rivette escribiendo lo que antecede en, por ejemplo, la tribuna del palacio de la Carrera de San Jerónimo durante una sesión de control al Gobierno.

Mirabeau osó escribir algo que sería políticamente incorrecto en esta nuestra España borbónica, a saber: “El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado”. Eran otros tiempos. Aunque parece que el conde jugaba a dos o tres bandas, como los que ahora se dicen liberales a ambos lados de los Pirineos, pues sacrifican, soslayan o limitan con bastante facilidad, y hasta regocijo, las libertades si afectan al “laissez faire” y a la propiedad privada, aun cuando esta se haya conseguido a tuerto; pues defienden, generalmente, solo la igualdad de los que consideran sus iguales; pues, en fin, fuera de misa oponen fronteras a la fraternidad.


2 de agosto de 2016

Luna de agosto en Galicia

Y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia.

                            Rosalía de Castro


No sé qué nos dirán esta vez los rumorosos pinos cuando el creciente de la luna de agosto, madre y señora del vino, nos vea hollando con humildad y respeto el hogar de Breogán. No sé si seremos capaces de escuchar el ronco son de manera que no seamos parte de la turba de ignorantes, fieros, duros, imbéciles y oscuros de los que hablan los versos de Eduardo Pondal que se convirtieron en himno de su tierra.

Quizá baste, y con ello nos tengamos que conformar, con ser nosotros mismos y añadir unos pocos recuerdos a los que del primer viaje a Galicia conservamos; agregar, con más o menos orden, unas estampas que seguramente no alcancen a construir una historia ni a dar cuenta cabal de dónde, en qué arenas o piedras, se pararon nuestros pies, por cuál aroma se dejó llevar nuestro olfato y arrastró consigo al gusto, quién hacía sonar esa melodía que nos erizó los pelos, qué paisaje, qué gesto, qué objeto cambió, aunque fuera por un momento, la luz de nuestra mirada. 

No nos esperará la misma lluvia inmisericorde que caía cuando cruzamos el Miño después de haber visitado el castro de Santa Tecla, o la que lamía los hórreos de Combarro. Puede que haga frío en la plaza de la Quintana, aunque no oigamos alabanzas del ribeiro en la voz de Ian MacLeod justo al comienzo de un trepidante concierto de Shooglenifty. Pero podremos bajar al Sar, huyendo quizá de la aglomeración de peregrinos, a ver los arcos inclinados de la colegiata con los ojos que nos han dejado los años. Y, en Pontevedra, buscaremos ese jardín, dónde estaba, en que las rosas velaban el sueño de la estatua de un caballero arrodillado.

Y, si hay sol cuando la luna de agosto alcance su plenitud, será el mismo de entonces, aunque no sepamos qué visiones o memorias acudirán a nuestro conjuro a través del espacio y de las nubes.




16 de marzo de 2016

Viviendo en Laputa

En Crítica y verdad, Barthes transcribe unas palabras del geógrafo Etienne Baron sobre la pobreza del lenguaje entre los papúes, quienes, asegura, eliminan vocablos cada vez que un miembro de la tribu muere. Es fácil imaginar, entonces, que, en el caso de que el número de habitantes de un poblado se vea reducido de manera drástica por cualquier causa a un par de personas, estas acabarían por nombrar lo que los rodea, lo que piensan y lo que sienten con muy pocas palabras.

Si se considera el vocabulario de uso común en las sociedades llamadas civilizadas, puede pensarse que los vivos se bastan para matar las palabras por permitir que vivan solo unos centenares, mientras miles esperan la resurrección en el limbo de los diccionarios o de los libros, sin que nadie fallezca; o por sustituirlas por otras bastardas. Puede pensarse que se concede muchas veces más valor a los objetos que a las voces, de tal manera que es fácil imaginar que se vive en Laputa, la isla a que arribó Gulliver en su tercer viaje.

No es extraño que Gulliver acabara prefiriendo los Houyhnhnms a cualquier espécimen humano. Los sabios de Laputa, deseosos de ahorrar tiempo a los ciudadanos de Lagado, la capital del reino, propusieron, en primer lugar, usar solo sustantivos, aliviados de parte de su carga de sílabas muchos de ellos; luego, se les ocurrió que era mejor reemplazar las palabras por objetos.

No le faltaba razón, tampoco, a Marcel Appenzzell, el etnógrafo discípulo de Malinowski inventado por Georges Perec, cuando relacionaba el lenguaje de los papúes con el de los orang-kubus y comparaba a estos con un carpintero que, para pedir una herramienta a su aprendiz, utilizase el nombre “trasto”.

26 de agosto de 2015

De paseo por Toulouse


Your streets were paved with love
Your skies were blue
Goodbye Toulouse
                               (The Stranglers)


Caminando por la Rue du Taur hacia la basílica de Saint-Sernin un cartel colocado en un escaparate anuncia un concierto de The Stranglers en Le Bikini de Toulouse. Nuestro viaje, es lástima, no puede alargarse hasta noviembre para comprobar cómo le han sentado los años a la banda de Guildford. Sin embargo, sí hay tiempo para no percibir la tristeza de los millonarios, que Hugh Cornwell y compañía cantaban, cuando nos sentamos en un café. Hay tiempo para observar, entre el bullicio y el tráfago de gentes que acrece a medida que uno se va acercando al Capitole, cómo varias personas rebuscan en los contenedores apoyados en el ascensor de la estación de Jean Jaurès, a pocos metros del infame paralelepípedo que marca la cuenta atrás para la Eurocopa de 2016.

Saint-Sernin
Parecido mensaje futbolístico recibe quien transita por la calle Lafayette en forma de una especie de catafalco de veinte metros de largo que puede distraer al visitante de la ubicación exacta del Donjon, y cuya mayor virtud, si es que alguna tiene, es la de servir de acicate al deporte del selfie, de campo de juegos para los niños que no puedan permitirse muchas vueltas en el tiovivo de la cercana plaza Wilson o de improvisado escenario para artistas callejeros. Si es de noche, desde las gradas del edificio de correos pueden llegar a los oídos de los presentes los dos o tres monótonos acordes con que un anciano negro tocado con un gorro de lana que luce los colores de Jamaica acompaña su monótona y desamparada voz.

Patio del Capitole
Interior del Capitole












Las calles de Toulouse, como las de muchas ciudades, están pavimentadas de amor, aunque este se convierta en mercenario a espaldas del bulevar Bonrepos o se extinga como la llama que ablanda la china trapicheada al borde del Canal du Midi, ante la mirada indiferente o recelosa de los que van y vienen de la estación de Matabieu. Con todo, la desconfianza que puede surgir en algunos rincones no impide que Toulouse sea una ciudad idónea para pasear, por mucho que el paseo se vea obstaculizado por ciclistas o por las terrazas que desbordan las aceras de algunas calles.

L'Entrepotes. Rue des Blanchers, cerca de la Daurade
Así, de paseo, nos acercamos, tras hollar el bronce de la cruz occitana que nos mira desde el suelo de la plaza del Capitole, a los pretiles de la ribera del Garona en torno a la Daurade, el mejor observatorio para contemplar la noria asentada sobre el muelle dedicado al exilio republicano español. O cruzamos el Pont Neuf para dirigirnos a Les Abbatoirs. Allí nos congratulamos de haber adquirido el pase de turismo para admirar la pieza que, junto a los mosaicos de Fernand Léger, da mérito a la visita: La dépouille du Minotaure en costume d’Arlequin, el telón que Picasso pintó para la obra 14 Juillet de Romain Rolland, estrenada en 1936.

Pont Neuf
Muelle del Exilio Republicano Español












Son varios las colecciones o museos que la ciudad ofrece al paladar de los amantes del arte. Entre ellos, el capricho, o un gusto que no se aviene fácilmente a lo sacro, nos lleva a destacar el Museo Georges-Labit, sobre todo por su colección de grabados japoneses, y la Fundación Bemberg, sita en el renacentista L’Hôtel d’Assézat, en cuyas salas aguardan excelentes piezas de Canaletto, Cranach, Lotto, Degas, Renoir o Rouault, entre otros. Cuentan del argentino Georges Bemberg, primo de la escritora Victoria Ocampo, que recomendó guiarse por un flechazo para adquirir obras destinadas a la fundación. Fue, ciertamente, un flechazo el que gozosamente recibimos, por ejemplo, ante obras como La famille nombreuse de Rouault.

"Les femmes au Perroquet" de Léger en Les Abattoirs
Obra de Henri Martin en el Capitole
"Le cauchemar" de Eugène Thivier. Museo de los Agustinos
En Toulouse no faltan, por tanto, las ocasiones de sufrir el síndrome de Stendhal. Para prevenirlo no es mala idea tumbarse en las hamacas de los claustros del Museo de los Agustinos y del convento de los Jacobinos, después, en este caso, de dedicar un buen rato a admirar las bóvedas de la iglesia, pasando de refilón por delante o por detrás del sepulcro de Santo Tomás de Aquino, complacidos de que en Francia no se haya tenido empacho en secularizar edificios religiosos.

Claustro de los Agustinos desde la hamaca
Bóvedas de los Jacobinos














Sesteando en los Jacobinos
Llegada la hora de dar gusto a otro paladar más terreno, podemos volver, por ejemplo, a la Rue du Taur y escoger cualquiera de las dos creperías que se ubican cerca de sus extremos, o arrastrar nuestros pies a los numerosos establecimientos del bulevar de Strasbourg, como los eficientes La Piazza Papa o La Côte et L’Arête. Sin abandonar el bulevar, llegada la noche, quizá para, ay, decir “Farewell, goodbye Toulouse”, como los Stranglers, podemos tomar una copa en Le Dauphin y corear las versiones de “Smoke on the Water”, “Ruby Tuesday” o “I Shot the Sheriff” que dos simpáticos músicos entrados en años se atreven a acometer, no sin solvencia, en el exiguo escenario.


  • A quien desee más información sobre la Ciudad Rosa le invito a leer los tres capítulos que a ella dedica, y que generosamente comparte en su blog, mi vecino, el escritor Francisco Galván, Los capítulos forman parte de su guía Toulouse y los enclaves cátaros.



30 de julio de 2015

Recuerdos de verano: Solunto y la Villa Palagonia


Italia sin Sicilia no forma imagen en el alma: aquí está la clave de todo.
                                                                                                    ( Goethe)

Ayer recordábamos el paseo desde la estación de Santa Flavia a las ruinas de Solunto, varios kilómetros al este de Palermo, pasado Bagheria. No es, parece, lugar muy frecuentado por los enfebrecidos turistas que recalan en Sicilia, quizá porque la proximidad a la capital le confiere un punto de insignificancia, quizá porque las guías al uso no le conceden demasiada importancia por comparación con la monumentalidad del Valle de los Templos o, incluso, Selinunte.

Bajo un sol de injusticia, que es, pienso, como justamente habría que decir del bermejazo platero de las cumbres cuando reina su rigor, asistimos al gesto de incredulidad y estupor del paisano que nos indicaba el camino de subida al sitio. La memoria me pinta ahora junto al hombre un rebaño de cabras indiferentes o acostumbradas, como el presunto dueño, al calor; pero ya se sabe que Apolo protege a los pastores. El gesto se repitió, a la entrada del recinto, en el rostro de los encargados.


Ruinas de Solunto
Capo Zafferano













Allí estuvimos solos, o prácticamente solos, pues luego apareció otra pareja, hollando donde pisaron griegos, fenicios y romanos restos de caminos, cisternas y edificios que a duras penas daban sombra a la vegetación agostada, sobrecogidos por el tiempo que pasa y la inmensa pequeñez de quien observa y admirados en la altura del Tirreno que azulea desde el Capo Zafferano a Santa Flavia.

Al aire abrasador, al polvo de la tierra o las arenas de la playa y a las aguas del mar faltaba unir el fuego de las brasas en que un afable cocinero asó los desconocidos pescados, elegidos a dedo entre los expuestos en un mostrador. Así se completó el trozo de vida. Brindaríamos entonces, no recuerdo ahora el vino, mientras un pescador se aproximaba a la terraza mostrando al dueño un buen ejemplar de atún recién arrebatado al Tirreno. Quizá era atún rojo, especie en extinción, que se captura, dicen, sin escrúpulos en Sicilia; pero esta es otra historia.

Aunque se tiene noticia de las ruinas de Solunto desde el siglo XVI, su exploración con criterios científicos no se produce hasta las primeras décadas del XIX. Seguramente por esto Goethe, que estuvo por Sicilia en 1787, no supiera de este rincón próximo a Bagheria. En este municipio se encuentra la Villa Palagonia, que llamó la atención del alemán por su mal gusto, aunque hay quien asegura que la desagradable impresión que le produjo la villa no le impidió inspirarse en ella para componer parte del Fausto. Escribe Goethe sobre la decoración de la villa en su Viaje a Italia:

“Queriendo presentar en su totalidad los elementos de la locura del Príncipe de Palagonia, daremos la lista siguiente. Criaturas humanas: mendigos y mendigas, español, española, moros, turcos, jorobados, toda suerte de contrahechos, enanos (...) Mitología con adiciones burlescas: Aquiles y Quirón con Polichinela. Animales o figuras incompletas: caballo con manos de hombre, cabezas de caballo sobre cuerpos de hombre, monos desfigurados, muchos dragones y serpientes, toda suerte de patas en figuras de todas clases, cabezas dobles y cabezas cambiadas”.


Villa Palagonia
Villa Palagonia













Quizá porque nuestro gusto no sea tan ático como el de Goethe o porque aprovechamos la sobremesa para visitar Villa Palagonia y el cielo, cubriéndose un poco, dio un respiro a nuestra carne y estimuló nuestra fantasía, la locura del Príncipe de Palagonia nos resultó grotesca, pero simpática. Hay extravagancias más inocuas y soportables que la visión de un Cristo llagado, una colección de exvotos o un desfile de ataúdes. Aunque no estuvimos solos, el público no era numeroso, cosa de agradecer, después del tráfago de otros lugares, para la jornada final de nuestro primer viaje a Sicilia.


  • Nota sobre la procedencia de las imágenes. De Flickr: la primera, publicada con licencia CC BY 2.0 por Allie Caufield; la segunda, publicada con licencia CC BY-SA 2.0 por Paolo S. Las restantes proceden de Wikipedia: la tercera, publicada con licencia CC BY-SA 3.0 por Jean-Pierre Bazard; la cuarta es de dominio público.

12 de julio de 2015

Divagaciones de verano: entre el bienestar y el bienser

Escuchaba el pasado miércoles las sabias palabras de Emilio Lledó en un programa de la SER dedicado a comentar la última encuesta (aunque lo llaman "barómetro") del CIS, según la cual el 84% de los españoles se considera feliz en mayor o menor grado. De manera indirecta, se asociaba la felicidad al bienestar. Sin embargo, el académico sevillano aseguraba que al “bienestar” hay que añadir el “bienser”.

Quizá me equivoque, pero seguramente Lledó piensa que en la idea de felicidad de la mayor parte de los españoles pesa más lo primero, el “bienestar”, que lo segundo, el “bienser”. El problema, entonces, estribaría en cómo se acota, se gradúa o se piensa la idea de bienestar, si va más allá o no, por decirlo con con plabras de Lledó en su Elogio de la infelicidad,  de “poder acallar la voz de la carne, que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo”.

Uno de los factores que ayudan a llegar al “bienser” es la lectura. Resulta, quizá, significativo que el mencionado “barómetro” indique que la mayoría de los españoles declara dedicar parte de su tiempo libre a pasear (71,3 %)  y a ver la televisión (70 %). Según el CIS, un 47,5 % escoge la lectura para ocupar parte de ese tiempo. A un 31,9 % no le gusta leer o no le interesa la lectura. Resulta curioso que la mayoría de los partidarios del paseo prefieran hacerlo acompañados, mientras que muchos de los que ven la tele lo hacen solos, como si el ocio se dividiera en dos esferas irreductibles e impermeables aun en los casos en que dicha división no parezca tener mucho sentido.

Se sigue hablando mucho del “Estado del Bienestar”, bien para intentar apuntalarlo, bien para negar su vigencia o reducirlo al máximo. En uno y otro caso se utiliza, bien manoseada y prostituida como eslogan,  la palabra “cambio”. Escribía Cortázar, del que estoy releyendo La vuelta al día en ochenta mundos: “En materia social se sigue esperando una ‘evolución’ que lo mejore todo pero sin privarnos de la sirvienta y de la casita de campo”. Cabe preguntarse, y no creo que lo haga nunca el CIS, si en una sirvienta, en una casita de campo o conceptos parecidos se cifra el bienestar que quieren o buscan los españoles.

Si la lectura es, generalmente, un ejercicio solitario, la relectura ha de serlo doblemente. Visto el circo en que nos movemos, nos mueven o nos quieren mover, quizá no venga mal reflexionar, de momento en soledad, sobre esta cita de la mencionada obra de Cortázar, que se publicó, quién lo diría, en 1967: “La soledad de tantos (esto lo digo yo) acabará un día con una hipócrita solidaridad social que solo da masas electorales, ejércitos de robots, histerias colectivas de bobby-soxers, demagogia de teen-agers manejados entre bambalinas por gangsters de la prensa y de las diversiones”.

Y en esas estamos. Entre el bienestar y el bienser.


8 de febrero de 2014

La esponja o la piedra pómez

En La vuelta al día en ochenta mundos Cortázar hace intervenir a Calac y Polanco, esos dos grandes cronopios que también se pasean por Último round, Territorios, Los autonautas de la cosmopista y, especialmente, 62/Modelo para armar. Calac, en consonancia con su nombre, que es un palíndromo, propone, como rechazo de lo sólito, de lo cerrado, de lo marcado o estatuido, actuar como esponja, no como piedra pómez. Polanco hace ver a su compañero que “eso lo hace todo poeta”. Y todo niño, añadiría yo. Ello consiste, creo, en pasar de la contemplación fruitiva, pasiva y circunstancial de lo excepcional de la experiencia artística a convertir lo cotidiano, la realidad si se quiere, en algo creado por todos, siguiendo el lema del Conde de Lautréamont, que Calac cita y que fue tan caro a los surrealistas: “La poesía debe ser hecha por todos”.

Improbable, utópico, si quieren, en una realidad que Cortázar califica de porosa. Parece, entonces, que los poros van estrechándose, embotándose, convirtiéndose cada vez más en los de la piedra pómez, que sirven, ya saben, para tapar poros, para limar asperezas, para limpiar o eliminar lo que no se quiere ver, lo que no se sabe sufrir.

Utópico, improbable... Pero no deja de ser una cuenta pendiente. Como no deja de ser, tampoco, una buena manera de homenajear a Cortázar en el año de su centenario.


4 de diciembre de 2013

De Teobaldo Nieva a los escraches


Alejandro Sawa recuerda en Iluminaciones en la sombra al anarquista malagueño Teobaldo Nieva. Tras presentar la efímera aventura del periódico Las Escobas, que Nieva dirigía, redactaba, voceaba y repartía, como una prédica crítica del sistema que este toleraba, escribe: “Pero cátate que un día se le ocurre predicar contra los caseros la huelga de inquilinos, indicando los medios de que estos podían servirse para, al amparo de la ley, dejar incumplidos sus contratos, y entonces, por primera vez turbados y conturbados, se dieron cuenta los guardianes del Arca de que el enemigo estaba dentro de la fortaleza. Teobaldo conoció entonces la pesadilla eterna de los éxodos forzados, y la de la sed y la del hambre, que no debían desvanecerse ya nunca jamás en el transcurrir doloroso de su vida”.



Téngase en cuenta que, ya desde los albores de las organizaciones obreras, como en otros ámbitos, se entendió el periódico como uno de los principales medios que permitían estimular y concertar esfuerzos para el desarrollo de las mismas. En este contexto ha de situarse la participación de Nieva en publicaciones que surgen al amparo de la Federación Regional Española de la AIT, como La Federación, La Solidaridad o El Condenado. La cita de Sawa apunta, además, al paso de la teoría a la práctica o, si se prefiere, de las proclamas ideológicas a las propuestas de acción directa. Entre estas, algunas que estaban vinculadas más a las condiciones de vida que a las condiciones laborales, como la huelga de inquilinos.


Ahora, entrados ya en el siglo XXI, contemplamos con cierto estupor reivindicaciones y acciones semejantes, pues no cosa muy distinta significan las paralizaciones de desahucios y los escraches. Sin embargo, hay diferencias palmarias. Asumido, consciente o inconscientemente, el fin de las ideologías –las de la clase trabajadora, se entiende- o, en plan Fukuyama, el fin de la Historia, por parte de los trabajadores, los movimientos ciudadanos, sin referentes que los articulen o conecten con las raíces de los problemas que los provocan, están a merced de los guardianes del Arca de la llamada democracia liberal. Como en otros, para el caso que nos ocupa y ponemos de ejemplo, llámese huelga de inquilinos o lucha antidesahucios, los cancerberos del pensamiento único tienen las llaves del diluvio o de la caja de los truenos. Pregúntenle ustedes, por ejemplo, a Fernández Díaz.

24 de julio de 2013

Ecce homo


En El régimen del pienso, el último montaje de La Zaranda, Martín, el cesante, es paseado en procesión o mostrado en retablo bajo la figura de un ecce homo cuyo rostro recuerda el de El grito de Munch. Martín ha trabajado durante toda su vida en las oficinas de una empresa que se dedica a la crianza de cerdos. La empresa tiene, como se dice ahora, que optimizar recursos ante la inexplicable mortandad que se está dando en sus pocilgas. Nada es la causa. En cualquier caso, los cambios que se producen en la empresa, convertida en un kafkiano laberinto de oficinas lleno de archivos inútiles por el que transita vanamente Martín, quien nunca se opuso a la política de las pocilgas, son decisión inescrutable e indiscutible de “los de arriba”. La política de la nada.

A no ser que la nada consista, como cree descubrir Martín antes de morir, antes de que lo desconecten de la máquina que lo mantiene artificialmente con vida, en vivir como un cerdo del siglo XXI, gruñendo y hozando en la pocilga o en la oficina, aliviado el dolor y mitigada la enfermedad por los avances de la ciencia, con más o menos pienso, ignorante de la diferencia entre lo superfluo y lo necesario.

Este es, quizá, el hombre que Poncio Pilato presenta hoy ante la muchedumbre de sus iguales, culpable o enfermo de todo y de nada: un hombre cerdo o un cerdo hombre destinado a ser un engranaje más, una pieza intercambiable en la pocilga o la oficina de la vida, con menos o más pienso, en medio de números inútiles salvo para quien los entiende.


15 de junio de 2013

El tigre de Palermo

Un estribillo inane, pero pegadizo, empieza a apoderarse del curso del pensamiento. Antes de recurrir a la poción mágica de canturrear una de Rosendo, que, en estos casos, para mí, es mano de santo, el recuerdo se encastilla: “Corre sàngue in le vene”. Y ahí, enfrente, ya está el personaje. Podría decir que parece sacado de una película de Fellini, si la luz, un tanto calinosa del ferragosto en Palermo, una ciudad mil leches como esta nuestra España herida, fuese un poco más teatral. Pero ahí están las mesas y las familias y vecinos en la Piazza Marina, con el telón de fondo de los ficus de la Villa Garibaldi.

La entrada en escena del tigre de Palermo es poco espectacular: observa, casi inmóvil como don Tancredo, a la concurrencia. Quizá un exceso de pudor, impostado o no, lo atornilla en el lugar, hasta que alguien lo saluda y se acerca a recoger algunas monedas o a intercambiar chanzas. Enjuto, un tanto calvo, de una juventud un tanto indefinible e inmensurable, se arranca, por fin, a soplar o escupir sobre el micrófono de plástico la cantilena: “Sandokan, Sandokan... Corre sàngue in le vene..”. El número, repetido hasta el borde del tedio, se adorna, de cuando en cuando, con la exhibición de un puñal y un Shere Khan de juguete.

Orate o caradura, el tigre de Palermo forma parte del paisaje como nota chusca o pintoresca. Sin embargo, la verdad del loco o del borracho puede ocultarse en el estereotipo o el tópico que la desarman y la convierten en una ilusión infantil. El tigre escupe o sopla el estribillo inane ( “Dame fuerza de día y de noche. El valor llegará...”) por unas monedas o, quizá, por la compañía del respetable. Maneras de vivir. Podemos levantarnos de la mesa satisfechos de la pizza, el Nero d’Avola o la Moretti y el ambiente, no es completamente necesario que nuestro óbolo tintinee esta vez en las manos del bufón. Regresaremos, tal vez, a enfrentar la noche cálida o la guerra cotidiana, o las otras, con nuestro atrezo de rugidos, dagas y micrófonos de corta y pega... ¿Por cuánto?


21 de noviembre de 2012

Hacer girar el Sol alrededor de la Tierra


En la primera escena de Vida de Galileo, el científico pisano hace ver a Andrea, un mozo de diez años hijo de la criada, la posibilidad de que la Tierra gire alrededor del Sol mediante un juego. Antes, Galileo le asegura a Andrea que, en muy poco tiempo, los hijos de las pescaderas irán a la escuela.

Hoy, el hijo de la pescadera va, efectivamente, a la escuela. Pero continuar en ella le va a resultar cada vez más difícil, sobre todo si no tiene más recursos que su inteligencia y su apetencia de saber. La ley que Wert está terminando de cocinar en su rebotica neoliberal diseña el camino que el estudiante del futuro inmediato habrá de recorrer como una pista americana o, así se viene diciendo con bastante buen juicio, una carrera de obstáculos. La meta no es la formación o el saber en sí, ni el enriquecimiento intelectual, sino promover “la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país”.  Es cierto que el anteproyecto de la LOMCE habla también de desarrollo personal y de ventajas “simbólicas”, pero se hacen depender demasiado estas de las “materiales”.

El hijo de la pescadera del barrio quizá quiera ser de mayor abogado o periodista, como sus colegas europeos. Las ciencias, tan importantes para la economía según la Comisión Europea, no interesan a los jóvenes. Ni la Comisión Europea ni el ministro menestra Wert se plantean otro recurso que la reválida continua y la segregación curricular en pos de resultados numéricos. Poco importa que el modelo de sociedad que, implícita y explícitamente, defienden ofrezca como arquetipos para emular a Cristiano Ronaldo o a un rey designado por un dictador, por citar solo unos ejemplos.

Al hijo de la pescadera, en fin, quizá le enamore, como a Andrea, la Hidráulica. Pero para completar, como este, estudios en Amsterdam, le hará falta algo más que un tupper. No se dará cuenta, seguramente, de que hay quien quiere hacer girar el Sol alrededor de la Tierra.




13 de noviembre de 2012

La matanza de los bueyes


En Rescoldo de Grecia, Alfonso Reyes da cuenta de una antigua ceremonia ateniense, la boufonía o matanza de los bueyes, muestra de la ancestral fraternidad que muchos pueblos creían que existía entre el hombre y el ganado de la tribu. En la boufonía, escribe Reyes, se simulaba enjuiciar a quienes habían participado en la matanza. Se acusaban unos a otros hasta que, finalmente, el que había degollado a la res acusaba al cuchillo. El cuchillo, considerado culpable, era finalmente arrojado al mar. 

En relación con este ritual y con la creencia subyacente, el escritor mexicano recuerda un pasaje del tercer canto de la Odisea, en el que se cuenta la llegada de Telémaco a Pilos, guiado por Palas Atenea bajo la apariencia de Méntor. El rey Néstor reconoce a la diosa que acompaña al hijo de Ulises, por lo que decide sacrificarle una novilla no domada cuyos cuernos son cubiertos de oro. Los hijos de Néstor desempeñan diferentes cometidos en la muerte. A Pisístrato, el menor, le corresponde degollar al animal y a Perseo recoger la sangre en un vaso, mientras las hijas, las nueras y Eurídice, la esposa del rey, emiten gritos de duelo.

Hoy, cuando mucho se propende a hablar de sacrificios, los hijos del capital aparentan plañir ante el de los bueyes, en tanto que estos se desangran sobre la tierra, como si fuesen ganado de una tribu bárbara, o sobre copas que se guardan a buen recaudo en altares fementidos. El reo, obviamente, sigue siendo el cuchillo y no quien lo blande.


29 de octubre de 2012

Sobre comuneros y otros demonios


Dos años y medio había, y aun no cabales, que el Emperador había venido a estos reinos, y gobernádolos por su persona y presencia, y los tenía en mucha tranquilidad, paz y justicia, cuando el demonio, sembrador de cizañas, comenzó a alterar los pensamientos y voluntades de algunos pueblos y gentes.

(Pedro Mejía, Relación de las Comunidades de Castilla)



“Cuando hogaño me fuisteis a hablar en Medina del Campo, y fui con vos a ver el frenero, y a Villoria, el pellejero; y a Bobadilla, el tundidor; y a Peñuelas, el peraile; y a Ontoria, el cerrajero; y a Méndez, el librero; y a Lárez, el alférez, cabezas e inventores que fueron de los comuneros de Valladolid, Burgos, León, Zamora, Salamanca, Ávila y Medina, yo, señor, me espanté y escandalicé, porque luego vi y conocí que vos os guiabais por pasión, y ellos seguían su opinión, y que todos huíais de la razón”. Esto escribió Fray Antonio de Guevara a Juan de Padilla (Epístolas familiares. I, 49). Poco importa si, como dice Joseph Pérez (1), la entrevista a la que alude Guevara no tuvo lugar. Menos aún si la carta llegó o no a destino. Quizá Guevara tuviera razón al pensar que Padilla buscaba, en el fondo, el maestrazgo de Santiago y que este fuera, por tanto, su pasión. Pero se hace difícil de entender que alféreces, libreros, cerrajeros, perailes, tundidores, pellejeros y, en fin, freneros siguieran su propia opinión y estuvieran faltos de juicio.

El prejuicio de casta permitía al futuro obispo de Mondoñedo aceptar como soberano a quien se autoproclamó rey en Flandes para allanar el camino de la sucesión imperial; pero no le permitía entender, sino como sinrazón, herejía o crimen, que un hidalgo peleara con la plebe de pecheros ni cómo querían conseguir los comuneros reformar el reino: “Pues no obedecéis al Rey, no admitís gobernadores, no consentís Consejo Real, no sufrís chancillerías, no tenéis corregidores, no hay alcalde de Hermandad...” (Epístolas familiares. I, 52). Más olfato tuvieron otros, como Diego Ramírez de Villaescusa, presidente de la Chancillería de Valladolid: “Ellos decían que eran sobre el rey y no el rey sobre ellos”. (2) 

Para quienes pensaban que el poder tenía origen divino, la revolución comunera parecía cosa del demonio, como puede observarse en la cita de Mejía que encabeza este escrito. Hoy, quienes piensan que los hijos de “buena estirpe” superan a los demás porque, entre otras cosas, hasta el cociente intelectual se hereda, prefieren demonizar a los plebeyos que se atreven a opinar más allá del voto a piñón fijo de manera más acorde con los tiempos, pues, de momento, sobran lanzas donde hay porras y la impostura o la mentira se lavan con una mayoría absolut(ist)a.

(1) JOSEPH PÉREZ, Los comuneros. Madrid, Historia 16, 1997 (Biblioteca de Historia. 5). Página 110.
(2) Tomo cita de la obra de J. Pérez. Página 155.

15 de octubre de 2012

El cuervo y la paloma

Tres Cuervos por Junior Libby
Una vez hurtó el cuervo un hijo a una paloma. La paloma fue al nido del cuervo y le rogó que le devolviese su hijo.  Dijo, entonces, el cuervo a la paloma: "¿Sabes cantar?”. Y la paloma respondió: "Sí, pero no bien". Y dijo el cuervo: "Pues canta". La paloma comenzó a cantar y el cuervo le dijo a la paloma: "Canta mejor; si no, no te daré tu hijo". Y dijo la paloma: "En verdad, no sé cantar mejor". Entonces el cuervo y la cuerva se comieron al hijo de la paloma.  

El cuervo se entiende por los hombres ricos y los poderosos y, también, los jueces y los alcaldes, que toman los bienes y las ovejas y, a veces, algunos heredamientos de algunos hombres simples, y decretan que han hecho algún mal por dar razón a lo que ellos hacen, o porque los hombres no se lo tengan a mal. Viene el hombre simple y les demanda el buey, o la oveja, o la tierra, y les ruega que se lo devuelvan y que les dará por ello veinte maravedís o más, según su poder. Responde el soberbio: "Da más, porque si más no das, no recuperarás la prenda". Y responde el hombre bueno: "En verdad no lo tengo, pues soy pobre y necesitado, y no te lo puedo dar." Entonces el otro se queda con la prenda, o la daña por despecho del que lo demanda. Así estragan los ricos a los pobres desdichados.

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Me he permitido modernizar un poco el exemplum del Libro de los gatos que antecede a estas notas pasajeras para que lo disfrutéis sin estorbos innecesarios; aunque puede que el ejercicio traicione inconscientemente la intención del anónimo recreador de esta colección de cuentos de la segunda mitad del siglo XIV. Iba a añadir “remoto”, pero, viendo cómo corren o se estancan las aguas, parece injusto, pese a la moralina o la moralidad, según se prefiera, tachar de anticuado lo antiguo o sugerir, siquiera, la tacha. Dejo esto para los fanáticos del progreso sin causa.

Supongo que, sin la necesidad de mis líneas, con la mera lectura del cuento habréis encontrado pretexto para dar rienda suelta a analogías, no es tan difícil, y añadir, por ejemplo, nombres o figuras a la nómina de cuervos y cuervas, caras a las caras palomas, tal vez.




7 de octubre de 2012

Doctores tiene la Iglesia y, peinetas, Cospedal


Parece muy propio de un estado aconfesional que el Gobierno envíe una delegación a Roma con motivo de la proclamación de Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia. Quizá sea por seguir al santo, según los delegados entienden la letra, cuando escribía “cómo hemos de olvidar a nuestro pueblo”, sobre todo si no pertenece a la mayoría silenciosa y anda, en el mismo momento del fasto, manifestándose por las calles.

En Roma, le ha resultado muy cómodo a María Dolores de Cospedal destacar en Juan de Ávila la “educación en los valores”. Es posible que se refiriera a los valores del velo y de la peineta, pues dudo de que conozca otra cosa de la obra del santo doctor que las notas redactadas para la ocasión por algún asesor bien pagado.

Hace unos días Cospedal tachaba de golpista a esa parte, no silenciosa, del pueblo que participó en el 25-S. Se puede, desde luego, dudar de las intenciones de algunos de los convocantes, pero resulta hipócrita hacerlo apelando a “la voluntad popular”, salvo que se entienda por esta la del partido al que pertenece. Más le valiera leer, de vez en cuando, las palabras de aquel a quien acaba de celebrar. Por ejemplo:

“La Escritura dice: De ti mismo entiende las cosas que son de tu prójimo. Y haga con su prójimo lo que quiere que se haga con él; porque de otra manera, ¿qué cosa puede ser más abominable que querer misericordia en sus yerros y venganza en los ajenos? (...). La Escritura dice: Tener peso y peso, medida y medida, abominable es delante de Dios, para dar a entender que quien tiene una medida grande para recibir, y otra pequeña para dar, que es desagradable delante los ojos de Dios. Y su pena será que, pues él no mide a su prójimo con la misericordia que quiere que midan a él, que le mida Dios a él con la crueldad y estrecha medida con que él mide a su prójimo. Porque escrito está: con la medida que midiéredes, seréis medidos. Y juicio sin misericordia será hecho a quien no hiciere misericordia”.

2 de octubre de 2012

Tengo un sueño


La tragedia de los Kennedy,
La de los refugiados, 
El SIDA y sus apestados,
Fotos de Hiroshima, 
El Holocausto y Kosovo,
Saddam Hussein, Tim McVeigh, 
El ataque al World Trade,
Rehenes en Bosnia, 
Atrocidades, Sudáfrica,
El aborto y Kevorkian, 
Vietnam, napalm,
Lady Di, y Lennon asesinado, 
Columbine,
“Tengo un  sueño: que un día...”, 
Rodney King, O.J.,
Símbolos de nuestra vida 
Y nuestros tiempos,
“Un salto de gigante 
para la humanidad”.


No voy a hacer apología ni exégesis de la enumeración caótica. Por ahí están las palabras de algunos maestros que, como Borges, lo hacen mejor. La letra de “Coda: I Have A Dream”, la canción de King Crimson que se lee al comienzo de este escrito, es una buena muestra, me parece. Como resumen del caótico siglo XX, seguramente no dejase insatisfechos a muchos anglosajones de buen corazón. Sin embargo, sin tratar de enmendarle la plana al combo de Robert Fripp, si quisiéramos españolizar un poco el mensaje, probablemente más de un compatriota, le guste o no mirarse el ombligo, cambiaría algunos datos o hechos.

Apelo a la memoria de los lectores para que rebusquen en su chistera esos hechos o datos. Yo me voy a limitar a encender el foco sobre las palabras de Neil Amstrong que los Crimson citan al final de la canción. Fueron pronunciadas por el astronauta al poner el pie en la Luna, el 21 de julio de 1969. Un día después, las Cortes de Franco nombran sucesor a Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias. Unos meses antes, Enrique Ruano caía de un séptimo piso ayudado por el celo de miembros de la Brigada Político Social. La caída de Ruano no fue tan cómoda como pisar un satélite o apoyar, pese al peso de tanto nombre, las rodillas sobre un cojín para jurar “fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional”.

24 de septiembre de 2012

Sobre el narval






Colmillos de narval 
labran en blanco mar







Quien más, quien menos, si tiene un poco de curiosidad por lo que le rodea, se habrá sentido fascinado alguna vez por seres extraños o imposibles, como el unicornio y su espejo en las aguas del mar, el narval.

Resumo algo que puede leerse en Astroseti:

El colmillo helicoidal del narval o “ballena unicornio” ha probado ser un órgano sensorial extraordinario (...). Con una longitud de hasta 2,7 metros, el colmillo está atravesado por hasta 10 millones de senderos nerviosos. Estos senderos conectan el exterior del colmillo con un núcleo central de nervios que llevan hasta el cerebro del animal. El sistema sensorial del colmillo puede ser capaz de detectar cambios en la temperatura, presión, salinidad, y otros factores que puedan ayudar a que el narval sobreviva en el medioambiente ártico (...).

Mientras que en su mayoría los dientes de mamíferos son más blandos en el interior y más duros en el exterior, el colmillo del narval parece está hecho “de adentro hacia fuera” (...). Los investigadores creen que las más suaves capas externas del colmillo pueden actuar como un amortiguador para ayudar a prevenir roturas.

Esto es lo que se puede llamar un colmillo “afinado”, que no “afilado”. ¿Quién tuviera dientes así: hechos para sentir y no para morder o desgarrar? Ya, ya sé que se pueden hacer otras cosas con los dientes; pero ¿qué decir de ese “de adentro hacia fuera”, de esa delicadeza o suavidad en que se refugia o guarda el meollo? No en vano, los inuit creían que el colmillo de los machos de narval procedía del cabello de una mujer convertida en uno de estos cetáceos.

Aunque los inuit lo cazaban y siguen cazando, menos sensibilidad mostraron los vikingos, me parece, al bautizar al animal: leo en Wikipedia que “narval” significa “cadáver de ballena”. Sin embargo, qué belleza de nombre, como bien supo ver Neruda en sus memorias: 

De su nombre puedo decir -narwhal o narval- que es el más hermoso de los nombres submarinos, nombre de copa marina que canta, nombre de espolón de cristal.


19 de abril de 2012

Me subleva

Bailarín estatuilla por Peter Griffin

   
      -Fíjate bien, hermanito: no me consuela, sino que me encocora y me subleva...
      -¿”Encocora”? Huy: tú no estás bien, Luis. ¿Quieres una copa de coñac?
      -Menos cachondeo. Sabes que a mí me gusta más el brandy. Además, prefiero estar completamente sobrio, pues la ebriedad me causa acedía. Será que me estoy haciendo mayor...
      -Me parece que a ti el alcohol no te hace falta para eso.
      -Vete a la mierda.
      -Mejor te traigo el coñac...
      -Vete a...
      -Tengamos la fiesta en paz. Continúa, por favor.
      -Te estaba diciendo que me subleva...
      -Menos mal que no has dicho “enerva”...
      -Vete...
      -Es broma, hombre. A ver: te subleva...
      -Me subleva dejar a la muerte que prenda tiranos que hinchen sus arcas...
      -Algunos dicen que lo sienten.
      -No me interrumpas. Me subleva dejar a la muerte que llene de amargura bocas mitradas, que zurza pellejas y se despose con prelados que desean placeres y vicios...
      -Espera, que ya lo cojo. Con menudas antiguallas me sales...
      -¿Antiguallas? Para la lectura recreativa todo vale.
      -Ya. Pero, yo qué sé: si, por lo menos, te hubiera dado por Villon o la Barca de la Gloria...
      -Excusas. Continúa.
      -Me subleva dejar que la muerte ponga freno a los de la banda que roba lo ajeno, fuego al usurero y tienda de bubas y landres al mercader...
      -No está mal. Ya es suficiente. Otra danza es la que habría de bailarse o hacer bailar.
      -¿Hace un coñac ahora?
      -Que sea brandy.
      -Ya empezamos...
      -Y pon musiquita.