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21 de enero de 2011

Callen los monseñores


Cartas eran venidas, que dicen en esta manera:
que clérigo ni casado de toda Talavera,

que no tuviese manceba casada ni soltera:

cualquier que la tuviese, descomulgado era.


(Arcipreste de Hita, de la “Cántica de los clérigos de Talavera”)



Escribía don Luis de Usoz y Río en las “Advertencias” a su edición del Cancionero de obras de burlas provocantes a risa (1519):

En una balumba de obras, españolas y extranjeras, (...) se habla exclusivamente de la proverbial religiosidad de los devotos españoles; de su continua ocupación en escribir y leer devocionarios y toda suerte de libros místicos; de su entusiástico amor a la Purísima Castidad de la Virgen sin mancilla; de su respeto inmemorial a la santa religión de sus abuelos. (...) Que ese religioso arrobo, esa devoción, pureza y santidad de vida y costumbres estaban arraigadas, y continúan estándolo, en aquella escogida porción de españoles que abrazaron y abrazan el estado eclesiástico, para dirigir a sus paisanos por la senda de la pureza y de la vida cristiana.

A esa “balumba” enfrenta Usoz el Cancionero, cuya compilación atribuye a “un hombre de iglesia”. Del Cancionero dice, también, Usoz: “Un libro en el cual lo que menos lastima es el cinismo espantoso y la obscenidad de ideas y palabras que en él rebosan”. Si se ha de desconfiar de las palabras de un cuáquero editor de heterodoxos españoles, a la mano vienen las del reputado hispanista Marcel Bataillon, en una breve recensión del libro:

Es la escandalosa colección que contiene el Pleito del manto y la Carajicomedia, parodia obscena de Juan de Mena. (...) Una muestra de la poesía cultivada por monjes lascivos.

Usoz recuerda, al comentar otro de los poemas recogidos en el Cancionero, “Aposento en Juvera”, que esa literatura respondía a una realidad palpable en la España de los Reyes Católicos. Del estado de la clerecía en la época (1494) en que Cisneros acomete su reforma, da suficiente cuenta la oposición a la misma por parte de los frailes de la orden a la que pertenecía, la de San Francisco. A este respecto, Usoz (también otros autores menos sospechosos, como Basilio Sebastián Castellanos de Losada) transcribe la anécdota que narró Eugenio de Robles, el cual fue cura de San Marcos de Toledo:

Que los frailes claustrales de San Francisco de Toledo, el día que salieron desterrados de aquella ciudad, que fue por una puerta principal de ella, que llaman de Bisagra, llevaban una cruz delante e iban cantando el Salmo 113, “In exitu Israel de Egipto”, preciándose de defensores de las malas costumbres.

Entre las malas costumbres estaban el amancebamiento o el concubinato. Costumbres, como cualquiera  puede observar, que no condicen precisamente con el celibato ni, por supuesto, con el sexto mandamiento. Al celibato y al sexto mandamiento se apegan o acogen, una y otra vez, diferentes monseñores de España y santidades de Roma para achacar a los desórdenes morales del siglo y al laicismo la pederastia de sotanas y solideos, o los matrimonios o emparejamientos civiles, cuando no hablan de enfermedad, como en el caso de la homosexualidad, o de crimen, como en el caso del aborto. Ejemplos de estas monsergas sobran y son conocidos, así que se los ahorro a los lectores.

Costumbres que venían de antiguo (léanse, si no, Las Siete Partidas, para no remontarse mucho más atrás del siglo XIII) y fueron de difícil y laboriosa erradicación. Ni el animoso Cisneros, representante de una época que tanto añoran los monseñores (léase la penúltima monserga del báculo de Granada), lo consiguió. Datos no faltan; pero, como se dice popularmente, vale un botón de muestra, e investigue quien quiera completar la abotonadura.

Durante el reinado de Felipe II, con el impulso que se pretendió dar a las doctrinas y decisiones del Concilio de Trento, el monarca consultó a los obispos españoles, entre otras cosas, sobre los vicios de los clérigos. En “Felipe II y las iglesias de Castilla a la hora de la Reforma Tridentina”, interesantísimo trabajo de José García Oro y Mª José Portela Silva, se lee, por ejemplo:

En los años setenta [los obispos] alegaban la realidad del amancebamiento de muchos clérigos y la imposibilidad de apartarlos de la práctica y sobre todo de alejar a sus hijos de sus casas. Los prelados gallegos reconocían que en sus tierras la situación de amancebamiento era frecuente, pero imposible de corregir porque los culpables hallaban siempre amparo en los tribunales metropolitanos de Compostela (...). Con más libertad el obispo de León, Juan de San Millán, deja en la sombra la conducta de los clérigos y señala al Rey el mal ejemplo de lujo y moda que están dando los magistrados de sus consejos y audiencias que son un mal reclamo para el pueblo. Otros prelados como los andaluces reconocen que el problema existe y es grave, pero sólo esperan ponerle coto con paciencia en los sínodos diocesanos.

Volvamos, para terminar, a la literatura. Callen los monseñores y recen lo que quieran a Santa María con el fervor, pero quizá no con el candor o la campechanía, de Gonzalo de Berceo. A lo mejor topan de una vez con el milagro, no de que la Virgen desembarace a una abadesa o arranque de las garras infernales a un sacristán fornicario, sino, simplemente, de que esta sociedad descarriada haga eco a sus medias verdades o a sus obsesiones.

4 comentarios:

  1. La literatura siempre nos guarda mensajes que no caducan y que se pueden aplicar en diferentes momentos de nuestra historia. Éste es uno.

    Feliz fin de semana, amigo.

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  2. Cierto, Juanjo. Aunque he de decir que en el artículo se toma la literatura como pretexto o punto de partida para hablar de la hipocresía de la Iglesia.

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  3. Querido vecino, deja que la Iglesia se prodigue en sus hipocresías y sus corrupciones morales, deja que B16 hable, que los obispos ladren su mensaje repugnante y atentatorio contra el sentido común. Déjalos a ver si se emponzoñan con su propio veneno. Cada vez que hablan hacen el ridículo. Tal vez algún día las gentes se liberen del encantamiento en el que la ignorancia, la incultura y la superstición los tiene paralizados.
    ¿No te lo crees, verdad? Yo tampoco, pero tenía que decirlo. La estupidez humana es infinita, lo mismo que la estafa de esta gente que abusa del miedo que el rebaño le tiene al lobo.

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  4. Jopé, vecino: como no me lo creo, escribo. Mientras pueda.

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