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23 de agosto de 2017

20 de julio de 2017

En los brazos de Circe


Los ve deambular ajenos a todo lo que no sea la pantalla que luce en sus manos. Los ve, embrujados por su circe de bolsillo, arrellanados sin contemplaciones en asientos de autobuses o trenes, atentos solo al sortilegio que los acerca, durante un rato, a la condición del puerco. Atrapados en la latencia entre recados efímeros que convierten en peripecias de una odisea inane. 

Los avisos de los mensajeros olímpicos se pierden en el viento.

27 de mayo de 2017

Luciérnagas


La última vez que vi luciérnagas fue en unas maniobras en las que tuve que participar por estar obligado a servir a la patria durante poco más de un año de servicios inútiles, salvo para quien tenga especial predilección por las armas, los uniformes y la disciplina, atracción por las situaciones absurdas o vocación de observar con paciencia, y hasta con curiosidad e interés, la variopinta diversidad de lo humano, que, si hemos de creer o seguir a Terencio, no puede sernos ajeno, aunque lo anejo o lo no ajeno sea inane o un callejón sin salida.


Aquellos gusanos de luz me arrancaron por un momento de botas y cetmes, del pasajero estado de enajenación y cachondeo que procuraba la ingesta de cerveza caducada y, en fin, de la estupidez de un sargento que creía emular a Rambo, el mismo que delegaba en Bermu, un soldado, servidor voluntario, la práctica de la correcta realización de un barrigazo o cuerpo a tierra. Y me transportaron a los paraísos de la infancia, de vuelta alegre a la casa de mis abuelos desde el coto o la presa del vadillo, siempre por la izquierda, junto a la acequia donde cabeceaban, al compás de la brisa, las umbelas de los nabos del diablo que festoneaban el recorrido y endulzaban con su olor el regreso. Alrededor, la danza luminosa de los coleópteros.

La primera vez que vi asaetear el aire por luciérnagas de plástico fue en la Place de la Comédie de Montpellier. Pero a la capital occitana no acudieron entonces ni el aroma ni los destellos perdidos, como no acuden tampoco a la Plaza Mayor de Madrid cuando los bichos de polímero golpean fatalmente los adoquines.

No sé si volveremos a Montpellier, pero es posible que esta noche atravesemos la Plaza Mayor haciéndole una higa, quizá, a Felipe III, camino, tal vez, de esa crepería que trae a la memoria de nuestro paladar la sidra y las creps montpellerinas o las de Bretaña o Normandía. Puede que, entonces, al ver la caída de uno de esos remedos de insecto, sienta la caída del tiempo y apriete un poco más tu mano y trate de refugiarme en la luz de tus ojos.