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19 de junio de 2014

Anobios

¡Ay, Dios! Juraría el joven rey puesto que había oído un ruido extraño y sospechoso al sentarse por vez primera en el trono. Achacó la sensación al cansancio del besamanos y al calor, un tanto mundano, con que había sido acogido por sus súbditos, y se dispuso a probar el escocés que irisaba sus espíritus sobre la bandeja. Servida la segunda copa, lo que primero fue un zumbido leve se transformó paulatinamente en un crujido perceptible a varios metros al que fueron añadiéndose otros como en concierto. ¡Ay, Dios!

Hizo llamar, entonces, a su padre, el anciano rey depuesto. Cuando este llegó trastabillando al salón del trono encontró al joven rey puesto de rodillas sobre el manto de armiño, mordisqueando nervioso el toisón que colgaba de su cuello y el oído pegado a uno de los brazos del regio asiento.

--¿Qué haces? –preguntó el viejo rey al joven rey, quien se sonrojó al verse sorprendido por su padre en posición tan indecorosa e inapropiada para el monarca de un tiempo nuevo.

Repuesto de la sorpresa pidió silencio a su padre con un gesto y, con un gesto, le indicó que se aproximase a las gradas. 

--Escucha –rogó al anciano rey depuesto.

--Ya sabes que me falla el oído. ¿Dónde está mi trompetilla?

Armado por fin con el adminículo, el viejo rey acercó el embudo a la noble madera. Tras unos minutos de atenta y dificultosa escucha que mantuvieron al borde de la desesperación al joven rey, exclamó con una sonrisa enigmática:

--¡Ah: era esto!

--Sí. Pero ¿qué es?, papá, por Dios.

--No tienes que preocuparte –decía mientras hurgaba con dedos torpes en un costado del respaldo-; llevan aquí desde hace más de cuarenta años y nunca ha pasado nada.

--¿Qué? ¿Quiénes?

--Anobios, me parece que se llaman –respondió mostrando al joven rey un diminuto gusano blanco que retorcía su curva sobre la arrugada palma.

--¿Quieres decir? –inquirió el joven rey puesto sin disimular el asco y el miedo cerval que sentía por los insectos.

--Carcoma, hijo –asintió el viejo rey-. ¡Carcoma real!

Quizá fuera efecto de la quinta o de la sexta copa, pero el caso es que el joven rey puesto, derrumbado al atardecer sobre el trono, sintió que este se balanceaba un poco. La corona, a la que había estado dando vueltas entre trago y trago, cayó rodando por la alfombra mientras profería, con voz apagada y lengua embotada, lo que unas crónicas califican de sentida y dolorida queja, a saber: “¡Ay, Dios!”. Otras fuentes, que pudieran motejarse de no poco maliciosas, aseguran que fue una terrible e insondable pregunta: “¿Hay Dios?”.


2 comentarios:

  1. No sé de qué se preocupa el joven rey, si ese trono no peligra en absoluto porque los anobios son triturados sistemáticamente allí donde son localizados.

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    1. Supongamos que no lo sepa, literariamente hablando.

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