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1 de abril de 2014

Acabar

Primero perdió la voz. No fue que se adelgazara o se quebrase: desapareció sin más. Diez minutos antes había estado contando a Santi, su sobrino, cómo fueron los últimos días de su mujer, tal como él los recordaba, y le había confesado que no sabía si había sido bueno con ella. Ese dolor de un dolor que quizá no existió lo laceraba y maltrataba más que el volcán o la fiera que tomaba al asalto sus riñones y lo obligaba a suplicar a Encarna o a Cecilia que se olvidaran por una vez de su celo profesional, lo guardasen en cualquier bolsillo de la bata e inyectasen en el gotero la mierda esa que lo apaciguaba. Pero cuando Santi salió de la habitación no encontró su voz, se limitó a sonreír a su sobrino y, mientras la puerta se cerraba, comenzó a palparse la garganta y a buscarse por todos lados con desesperación creciente. Nada.

¿Cómo iba entonces a rememorar lo que fue, lo que hizo, lo que vio, lo que creyó ser ante la única persona que lo escuchaba y lo ayudaba a entender y a aceptar y a celebrar que había vivido? Contárselo a sí mismo era como iluminar un espejo negro con una voz ciega, sin bulto. No una voz, la suya, que tantos habían admirado, sino una miríada de ecos paridos de fragmentos de memoria en los que se agazapaba ya, estaba seguro, eso que todos llamaban muerte. Alcanzó a duras penas la perilla del llamador para que los nervios pulsasen el botón por él. Le costó hacerse entender por Cecilia, que se encogió de hombros y le aseguró que se le pasaría y que tenía que sacar ventaja de la pérdida para reflexionar sobre la conveniencia de no ponerse tan pesado con lo que él sabía antes de que volviese. Así todos ganaban, pues no había conseguido un título con mucho esfuerzo para hacer de un paciente tozudo un adicto.

Pero no volvió. Y el remedio que encontró Santi se convirtió en una razón más para que deseara acabar. Tecleaba en el portátil qué había visto la tarde anterior cuando lo introducían en el escáner y empezó a golpear con furia las paredes. “Una caja”, escribió. A Santi, de natural sosegado, se le saltaron las lágrimas. Al día siguiente, después de una noche en que la negrura se entretuvo en mancillar con su pus todos los recuerdos que se asomaban a su insomnio, decidió encerrar bajo siete llaves sus cuitas y pasar lo que le quedara de vida observando y escuchando a los demás, aunque la habitación de un hospital fuese una atalaya, un mirador más bien precario. Comprobó, al hablar con Santi de una de las pasiones de este, la música, lo atrasado que estaba en la materia. Por cambiar de tema y ocupar los minutos que quedaban hasta que Santi se marchase, propuso que vieran juntos la presentación que había compuesto con unas fotos de familia. Aprendió, entonces, que el llanto de una persona serena puede ser incontenible. En la pantalla apareció una imagen de cuatro o cinco años atrás: un puñado de rostros sonrientes y, entre ellos, el de una niña dispuesta a soplar las llamas de las velas que titilaban en lo alto de una tarta.

De poco le servía mirar con aversión la cucaracha de plástico del portátil estrellado en las baldosas. Ni Cecilia ni Encarna acudían a la llamada. Que le dieran la oportunidad de aferrarse mediante señas al ruego: quería acabar, acabar de una vez. Acabar con el despojo de hombre que era, con el despojo sin voz, hecho de jirones purulentos de memoria, que atraía el sufrimiento como la piedra imán. Dos viales, tres viales, los que hicieran falta. Fuerzas tendría para firmar lo que quisieran.

Después fue, quizá, que nada termina realmente sin más. Los ecos, que han perdido toda luz o brillo, candelas de pábilo carbonizado y grumos de esperma frío sobre una tarta de cumpleaños, suenan como una carcajada lejana. No sabe si le importa no poder alcanzar el botón, ni si una metástasis loca le hace creer que el dolor lo atraviesa al ver la cara convulsa de Santi mientras lo llevan, quizá, a la morgue.


4 comentarios:

  1. Pese a lo intenso, e incluso angustioso del relato, es absolutamente magnético.

    Un bofetón de realidad con un final redondo.

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  2. Patético y muy real. Buen relato, vecino.

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