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11 de septiembre de 2012

Érase una vez en Porlier


      El calor empieza a ser insoportable en la prisión. Mejor para las chinches, se dice Zapatones antes de ordenar la formación de los presos de la 3ª galería. Mientras espera a que los subalternos coloquen la mesa a su gusto, se tantea el bolsillo en que guarda la tabaquera para asegurarse de que ahí siguen, fresquitos, los puros y ayuda a ordenar la cuadra propinando una patada a los más remisos.
      Casi pueden oírse las respiraciones y sentirse las miradas de los más duros. Pero el ritual ha de seguir su curso, cumplirse paso a paso, para escarmentar a estos animales. La disciplina, bien entendida, empieza por uno mismo. Una vez sentado,  se olvida de la estrechez de la silla ante la llegada del primer aroma, casi núbil, del cigarro. Un buen canario. A ver si acierto a cortarle bien la perilla. No importa que algunos condenados se impacienten. La primera calada es una promesa de futuro gozo, vamos bien, que le anima a sacar las gafas. Procede, concienzudo, a limpiarlas y empiezan a oírse toses. Ya sé que estáis ahí, perros. 
      La lista trae hoy poca ocasión para el entretenimiento, pues solo hay dos nombres que se repiten. El ritual, sin embargo, ha de seguir: ante todo, disciplina.
      -Antonio...
      Esta calada ha de ser profunda, que sepan quién manda aquí.
      -Melero... Gómez.
      Otra caladita, pero sin pasarse: no me dé la tos.
      -Nicolás...
      Pero qué rico, qué rico.
      -Padrón... Huertas.
      Llega, demediado el puro, tras largos minutos de gloria un tanto rutinaria, el momento estelar, que se merece dos largas y sabrosas chupadas.
      -Pedro...
      Cojonudo el petardo este, cojonudo.
      -Díaz...
      Ajo y agua, cabrones. Ajo y agua. Venga esa chupadita.
      -Ortigosa.
      Alguien se desmaya al fondo, pero no alcanza a verlo. No importa, a ver si le quedan ganas luego de cantar “La Pepa” en capilla. Zapatones va a alzar el campo, pero algo, alguien está dispuesto a intentar aguarle la fiesta. Es el nuevo, un andaluz chistoso, que alza la voz:
      -Hijo ‘e... Y, aunque me farte er purito...
      Las culatas de los guardias ahogan el apellido.
      -Tráiganme a ese cerdo al despacho para que hablemos un rato de nuestras madres –ordena Zapatones.

9 comentarios:

  1. ¡Felicidades por el relato!
    Nos transporta a la acción con un realismo muy logrado.

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  2. Buen relato... un poco bestia el Zapatero ese del purito...
    Un abrazo Juan Carlos TQM,

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  3. Relato siniestro con personaje maquiavélico. Desprende escalofríos, con lo que me atrevo a afirmar que era eso lo que pretendías.
    La música, genial.

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    1. No sabría decirte si fueron escalofríos lo que sentí al leer el testimonio de Marcos Ana. Sí que, como digo abajo, me impresionó.

      En cuanto al amigo Jackson, qué puedo decir: es uno de mis favoritos.

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  4. Buen relato, vecino. No creo que fue muy diferente la realidad. ¿Está basado en algún hecho por ti conocido o es pura ficcón?

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  5. Gracias, Ross, Teresa y Francisco. Respondo aquí a todos porque interesa aclarar que, parece ser, El Zapatones existió. De su brutalidad y sadismo hablan varios testimonios, de los cuales el más conocido sea, seguramente, el de Marcos Ana en sus memorias. Marcos Ana precisa escuetamente la peculiar manera que el personaje tenía de nombrar a los "rojos" que, casi diariamente, formarían parte de las 'sacas' en la cárcel de Porlier. Estamos hablando de 1939.

    En mi relato, los nombres de los llamados son, obviamente, imaginarios. He tratado de imaginar qué podía pasar por la mente de este personaje "maquiavélico" y "bestia". Pensé que iba a salirme un texto más largo, porque había ideado una mayor presencia del punto de vista de Zapatones, pero la escena en sí es tan impresionante, me parece, que, finalmente, no me ha parecido justo adornarla demasiado.

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  6. Existió, de hecho. Y la escena que aquí recrea se parece mucho a lo que mi padre me contaba de Porlier, muchos años antes de publicarse las memorias de Marcos Ana. Gracias por escribirlo.

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    1. Gracias a tí, Anónimo, por dar testimonio.

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